
El piso de tierra apisonada de la caballeriza familiar, camino a Juriquilla, guarda un olor a heno un poco húmedo que se pega en la ropa aunque una no toque nada. Ese detalle tonto explica bastante por qué sigo volviendo cada fin de semana desde el paseo a caballo por la Peña de Bernal, en Ezequiel Montes, del que volví con las piernas temblando y la cabeza de contadora completamente en blanco. Desde entonces las compañeras nuevas del grupo de principiantes me hacen siempre la misma pregunta: si aprender equitación de adulta ayuda de verdad al bienestar emocional. Aquí van las respuestas, una por una, sin adornos.
Antes de seguir, la aclaración de siempre: en este texto hay enlaces de afiliado. Si terminan comprando un curso o algún equipo a través de ellos, a mí me llega una comisión y a ustedes no les cuesta ni un peso extra. Solo recomiendo lo que de verdad uso o que me tiene picada la curiosidad los sábados en la caballeriza, y si algún enlace no es de afiliado, también se los digo.
Sentir miedo es normal: qué hacer cuando aparece
Sí, es normal, y a mí todavía me agarra por sorpresa. La primera vez que sostuve las riendas de verdad me temblaban las manos más que las piernas, y no fue por el caballo en sí, sino por no saber cuánto control tenía yo sobre algo tan grande. Leer sobre las normas de seguridad en el picadero para jinetes adultos principiantes antes de mi primera clase me bajó bastante la ansiedad inicial, no porque el miedo desaparezca, sino porque entender el orden del caos ayuda a que una no invente peligros que no existen. El miedo de entrada es tan común entre quienes empezamos de grandes que merece su propio espacio aparte del que le puedo dar aquí.
La señal de que algo había cambiado no llegó con drama: fue el día que solté las riendas un segundo para acomodarme el casco, que se me había resbalado, y el caballo simplemente siguió caminando tranquilo, sin que a mí se me subiera el corazón a la garganta. El miedo no se va del todo. Solo deja de mandar.
De verdad ayuda a bajar el estrés, no es solo la novedad del principio
Ayuda, y no es solo la novedad, porque el efecto sigue ahí fin de semana tras fin de semana. Con un caballo no se puede fingir que una está tranquila cuando no lo está; si llego con la cabeza llena de pendientes de la oficina, el caballo lo nota antes que yo misma, y eso me obliga a bajar las revoluciones de una forma que ningún estiramiento de gimnasio logra.
Ese ratito de silencio que se arma cuando el caballo por fin exhala hondo —ese resoplido largo que sueltan cuando se entregan— es una validación que ningún correo de trabajo me va a dar jamás. No hace falta competir ni saltar obstáculos para sentirlo; basta con quedarse quieta el tiempo suficiente. Para entender un poco mejor por qué reaccionan así, entre clase y clase le he metido horas al curso La Mente Equina de 0 a 100: no reemplaza el tiempo de a pie en el picadero, pero me dio vocabulario para lo que antes solo sentía como intuición.
El bienestar emocional se nota en el cuerpo antes que en la cabeza
Antes de que la cabeza se dé cuenta de que una se relajó, el cuerpo ya lo hizo: bajan los hombros, se afloja la mandíbula, y recién ahí una nota que llevaba un buen rato apretando los dientes sin motivo aparente. Prestar atención a aprender el lenguaje corporal de los caballos para mejorar el manejo cambió bastante mi forma de entrar al picadero, y ahí lo dejo, porque ese tema da para su propio artículo.
La conexión entre jinete y caballo se construye más con constancia que con confianza de sobra, algo que me costó aceptar. El equilibrio en la silla también se entrena aparte, con ejercicios puntuales que no tienen mucho que ver con el bienestar mental, así que ese tema lo dejo para otro día.
Lo que no funcionó: mirar tutoriales no es lo mismo que sostener las riendas
Antes de mi primera clase de verdad me tragué una cantidad ridícula de tutoriales de YouTube sobre cómo sentarse en la silla, cómo bajar los talones, cómo no ir con la espalda tiesa como tabla. Memoricé la teoría completa. Y en la clase real, arriba de un caballo que se movía, respiraba y decidía cosas por su cuenta, toda esa teoría se me olvidó en los primeros minutos: el cuerpo no aprende viendo una pantalla, aprende sintiendo cómo una se va de lado sin querer y cómo la instructora corrige antes de que una misma note el error.
Lo que sí funcionó fue algo mucho menos vistoso: pasar un buen rato solo cepillando al caballo, aprendiendo cómo cepillar a tu caballo para mejorar el vínculo desde el suelo antes siquiera de pensar en ensillar. Ahí, con las manos ocupadas, sin nadie corrigiéndome la postura y con el gato color naranja vigilando todo desde encima de los costales de alimento, fue donde realmente empecé a entender cómo se mueve un caballo cuando está cómodo.
Ni el estado físico ni la clase grupal son el verdadero obstáculo
No hace falta estar en forma de gimnasio, pero sí hay que animarse a verse torpe frente a otras personas, y ahí es donde la clase grupal asusta a más de una. En mi grupo del sábado está Lucero Domínguez, que se apuntó al curso básico poco después que yo y que compara cada instrucción del jinete con algo de su trabajo como enfermera —dice que calmar a un caballo nervioso no es tan distinto de calmar a un paciente asustado. La conocí en el banco donde nos cambiamos de botas antes de entrar al picadero: había llegado a su primera clase con botas de moto porque nadie le explicó qué calzado llevar, y ese tipo de error de principiante, tan tonto y tan común, es de los que a nadie le cuenta antes de empezar.
Yo todavía dudo medio segundo antes de subir por el lado que corresponde, aunque la técnica en sí ya no es lo que me pone nerviosa. Lo que me ayudó a entrar a esas clases grupales con otra cabeza fue, otra vez, el curso La Mente Equina de 0 a 100: no porque enseñe a montar, sino porque entender por qué un caballo reacciona como reacciona me quitó la sensación de que cualquier error mío iba a terminar mal.
Cómo se nota el cambio fuera de la caballeriza
A mi amiga Alicia, que es compañera de trabajo y jamás se subiría a un caballo por voluntad propia, le mando un audio larguísimo después de cada clase. Sospecho que no los escucha completos —los guarda todos, eso sí— pero igual me sirve de terapia contarle cómo me fue. Ese hábito de vaciar la cabeza al terminar la clase, antes incluso de pensar en cómo limpiar las botas de equitación de cuero, es de los beneficios que más se sienten entre semana: llego a los lunes con menos ganas de explotar por un correo agresivo de algún cliente.
Si el estrés te está ganando y quieres algo que te saque de la rutina sin la presión de competir con nadie más que con tus propios nervios, prueba una clase suelta antes de comprometerte a nada. Y si te da pena arrancar de cero frente a otras personas, échale un ojo a este curso de psicología equina: a mí me sirvió para entender que el miedo del principio no es una falla de carácter, es solo información que el cuerpo todavía no sabe interpretar. Ese, más que cualquier otro, es el beneficio que de verdad me llevo a la vida diaria: aprender a leer el miedo en vez de pelear contra él.
La equitación no me ha hecho mejor contadora, pero sí una persona bastante más paciente, y para alguien que vive rodeada de cifras, tener un pasatiempo de adultos que no se puede apurar ni forzar es, a estas alturas, de lo mejor que le sumé a mi semana.
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.