
Subir a un caballo que ya conoce tu paso no se parece en nada a subir a uno que apenas te tolera: el primero espera a que tú decidas, el segundo se mueve apenas sospecha que dudas. Para quienes empezamos en la equitación de adultas, esa diferencia es la que decide si la clase del sábado te deja con ganas de volver o con el estómago hecho nudo. El manejo del miedo en el momento exacto de montar pesa tanto como la técnica, y cada detalle -desde el lado por el que te acercas al estribo hasta cómo acomodas el peso ya arriba- tiene que ver con la seguridad de las dos partes y con el bienestar del animal que te sostiene.
En la caballeriza, camino a Juriquilla y ya casi saliendo de Querétaro, hay doce boxes de adobe encalado con las puertas despostilladas por el uso, y sobre los costales de alimento junto a la taquilla casi siempre hay un gato color canela enroscado, indiferente al trajín de las alumnas. El piso es de tierra apisonada y el aire siempre huele a heno que no termina de secarse del todo. En el banco de al lado del cuarto de monturas me ato las botas y me subo las polainas antes de cruzar al picadero, y ahí, justo ahí, es donde más se me nota el miedo: las manos no me tiemblan al ensillar a Chocolate, me tiemblan cuando ya toca subir.
Las preguntas se repiten cada sábado, sobre todo entre quienes llegan por primera vez: por qué el lado izquierdo, qué hacer si el caballo dobla el cuello para mordisquear la rienda, si el bloque de monta es o no hacer trampa. Voy a contestarlas como me las contestaron a mí, con la paciencia que a veces me faltó para creerlas la primera vez.
¿Por qué siempre por el lado izquierdo?
La costumbre viene de los jinetes militares, que llevaban la espada colgada de la cadera izquierda y montaban desde ese lado para no enredarse con el arma al subir. Ya nadie carga espada en el picadero, pero el caballo sigue condicionado a ese protocolo desde que lo empezaron a amansar, y si te acercas por el lado derecho sin haberlo preparado antes, lo más probable es que se incomode o se sorprenda. No es superstición ni manía de instructor estricto: es una costumbre que el animal aprendió mucho antes de conocerte a ti, y respetarla es la manera más simple de empezar con el pie derecho (con perdón del chiste).
El bloque de montar no es hacer trampa, es cuidar su espalda
Al principio pensaba que usar el bloque era señal de que me faltaba flexibilidad o coordinación. Qué tontería. Subir directamente desde el suelo ejerce una presión asimétrica sobre la columna del caballo y sobre la silla de montar, algo que a la larga puede lastimarlo. El bienestar del caballo no es un tema aparte de la técnica: es la técnica.
Cuando me acerco al bloque trato de no pensar en que voy a escalar nada. Pienso en que voy a encontrarme con Chocolate a mitad de camino. Si llego con los hombros tensos, él lo nota antes que yo misma, y entonces empieza a juguetear con el bocado apenas toco las riendas, como recordándome que se me está notando.
Qué llevar puesto antes de acercarte al estribo
Nadie te explica esto en la primera clase y es un descuido frecuente: llegar con la ropa equivocada te hace más torpe justo en el momento en que más necesitas seguridad. Cuando escribí sobre ropa para montar a caballo recomendada para principiantes en lecciones pensaba sobre todo en Lucero Domínguez, una compañera del grupo de los sábados que llegó a su primera clase con botas de moto porque nadie le había dicho qué calzado traer, y pasó casi toda la mañana resbalando en el estribo. Ella compara cada corrección del instructor con algo de su trabajo de enfermera, y la primera vez que le señalaron lo de las botas contestó que en el hospital también hay un protocolo para cada cosa, aunque a nadie se le ocurra explicarlo antes de que lo necesites.
Los nervios y el manejo del miedo en tu primera clase
El miedo no avisa cuándo va a aparecer. A veces me agarra frente al bloque, otras veces ya con un pie en el estribo y el otro en el aire, como si el cuerpo decidiera por su cuenta que este no es un buen momento para confiar en nadie. De esto hablé con más calma cuando escribí sobre cómo perder el miedo a los caballos después de un susto inicial, pero aquí lo que importa es el instante exacto de la subida: si tus manos tiemblan al acomodar las riendas, el caballo lo siente en el bocado antes de que tú misma te des cuenta.
Mi manera de manejarlo, la que a mí me funciona, es subir al estribo izquierdo y quedarme ahí parada sobre una sola pierna durante unos segundos antes de pasar la otra pierna. No es un truco de manual, es solo darle tiempo a mi cuerpo para que baje la guardia. Recuerdo bien la primera vez que crucé hacia el box sin apurar el paso ni tener ganas de dar media vuelta a mitad de camino, y esa sensación -tan simple, tan poco dramática- es lo que persigo cada sábado que subo.
Cambié de grupo cuando nadie corregía mis errores a tiempo
Antes de encontrar este grupo probé algo que no funcionó: me inscribí en una clase grupal grande donde la instructora apenas alcanzaba a verme entre tantas personas, y terminé repitiendo el mismo error de postura clase tras clase porque nadie tenía tiempo de corregirme antes de que se me hiciera costumbre. Muchos de los errores comunes de quienes empezamos a montar de adultas tienen que ver justamente con eso: con anticipar el movimiento del caballo en lugar de acompañarlo, y esa misma anticipación nerviosa es la que rompe la conexión entre jinete y caballo que tanto cuesta construir. No soy profesional de la equitación, ni pretendo serlo; solo soy alguien que tuvo que cambiar de grupo para que alguien notara sus errores a tiempo.
¿Qué hacer si el caballo empieza a caminar mientras subes?
Es el miedo más común de cualquier principiante. Si Chocolate da un paso justo cuando tengo un pie en el aire, el instinto es soltar todo y saltar hacia atrás, pero es exactamente lo contrario de lo que hay que hacer. Mi instructor repite lo mismo cada vez: no sueltes la crin, mantén el peso hacia el caballo y deja que el paso se complete antes de reaccionar. Casi siempre se mueven porque sienten nuestra tensión o porque la cincha quedó floja, no por mala intención. Entender cómo se comunican con el cuerpo -algo sobre lo que reflexioné cuando escribí sobre por qué entender la psicología del caballo cambió mis clases- ayuda a anticipar estos momentos sin pánico.
Alicia Sandoval, una amiga del trabajo que jamás se subiría a un caballo por voluntad propia, guarda cada audio que le mando después de la clase del sábado, aunque casi nunca los escucha completos. Se los mando de todas formas, supongo que necesito decirlo en voz alta para que la clase se sienta terminada.
Si algo saco en claro después de tantos sábados es que subir bien no depende de un solo truco infalible, sino de sumar detalles pequeños: el lado correcto, el bloque, la ropa adecuada, los segundos de pausa, la calma para no soltar todo si el caballo se mueve. Ninguno de esos detalles es dramático por separado, pero juntos son la diferencia entre subir tensa y subir tranquila. Usa siempre casco, revisa que la cincha quede bien ajustada antes de poner el pie en el estribo, y si algo no te queda claro, pregúntale a tu instructor las veces que haga falta -para eso está.
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.