
El olor a alfalfa mezclado con el cuero viejo de las monturas es lo primero que me pega en la nariz cada sábado, antes incluso de que mis botas toquen la tierra de la caballeriza. Es un aroma que me calma y me acelera el pulso al mismo tiempo. Ahí está él, Chocolate, un noble ejemplar de silla que pesa unos 500 kg —media tonelada de músculos y voluntad—, esperando pacientemente mientras 'Pantufla', el gato del establo, se pasea entre sus patas como si no le importara el riesgo de un pisotón. Yo, que paso de lunes a viernes entre hojas de cálculo y declaraciones anuales en mi oficina de Querétaro, me siento diminuta frente a él.
Un sábado nublado, hace apenas un par de semanas, me quedé paralizada frente al bloque de monta. Mi corazón latía tan fuerte que juraría que el caballo podía escucharlo. No es que no supiera qué hacer, es que la altura y esa sensación de que el mundo se mueve bajo tus pies cuando te despegas del suelo me pone los pelos de punta. Y entonces, como siempre me pasa cuando me entra el pánico, intenté acercarme por el lado derecho. Mi instructor soltó una risita suave y me recordó que, por convención histórica (algo de los caballeros y sus espadas, dicen), siempre subimos por el lado izquierdo, el famoso 'lado cercano'.
El ritual del bloque de monta: más que una ayuda, un acto de respeto
Al principio, yo pensaba que usar el escalón o el bloque de monta era 'hacer trampa' o una señal de debilidad. Qué tontería. Después de mis primeras diez clases, entendí que no se trata solo de que yo sea bajita o tenga poca flexibilidad. Se trata de bienestar animal. Subir desde el suelo ejerce una presión asimétrica tremenda sobre la columna del caballo y la silla de montar, algo que a la larga les lastima.
Cuando me acerco al bloque, trato de no pensar en que voy a 'escalar'. Pienso en que voy a encontrarme con Chocolate a mitad de camino. Durante el último mes, he aprendido que si yo llego al bloque con los hombros tensos, él lo nota. Los caballos son como espejos de nuestras emociones. Si mis manos tiemblan al acomodar las riendas, él empieza a juguetear con el bocado. Por eso, antes de poner el pie en el estribo, me obligo a soltar el aire. Si estás empezando, te recomiendo que revises este post sobre ropa para montar a caballo recomendada para principiantes en lecciones, porque llevar los pantalones correctos hace que ese paso inicial sea mucho menos estorboso.
Las manos y el contacto inicial
Lo primero es sujetar las riendas con la mano izquierda, pero sin jalar. Es un equilibrio delicado: quieres tener el control por si decide caminar, pero no quieres darle un tirón en la boca antes de empezar. El truco que me salvó la vida (y la paciencia de mi instructor) es agarrar un mechón de la crin junto con las riendas. La crin no les duele —es como nuestro cabello— y te da un punto de anclaje sólido que no depende de la boca del animal.
La pausa de los diez segundos: mi secreto contra el vértigo
Aquí es donde entra mi técnica personal, esa que no viene en los manuales de la federación pero que a mí, como principiante nerviosa, me cambió todo. Casi todos los tutoriales te dicen que subas en un movimiento fluido, como si fueras un doble de acción en una película del viejo oeste. Pero para quienes sentimos ese temblor involuntario en el gemelo izquierdo justo antes de despegar el pie del bloque, la fluidez es un mito.
Mi ángulo es este: en lugar de intentar pasar la pierna derecha de un salto, me subo al estribo izquierdo y me quedo ahí, de pie sobre una sola pierna, durante unos diez segundos. Es una pausa consciente. En esos segundos, estabilizo mi centro de gravedad y dejo que Chocolate sienta mi peso de forma gradual. Siento el crujido del cuero de la montura bajo mi peso y el calor que emana de su lomo en la mañana fresca. Es un momento de '¿estás listo?, porque yo ya casi'.
Es increíble cómo esos diez segundos cambian la dinámica. Al dejar de contener la respiración, noto que el caballo exhala profundamente, relajándose al unísono conmigo. Si intentas subir con prisa, el caballo siente esa urgencia como una señal de alerta y es más probable que intente caminar. Al quedarte ahí, quieta, le dices: 'no hay prisa, solo somos tú y yo'. Esta técnica me ha servido mucho para gestionar el pánico, algo de lo que hablé cuando escribí sobre cómo perder el miedo a los caballos después de un susto inicial.
El paso de la pierna y el aterrizaje suave
Una vez que esos diez segundos pasan y ambos estamos tranquilos, paso la pierna derecha sobre la grupa. Pero ojo, aquí es donde casi siempre meto la pata (literalmente). Hay que tener cuidado de no darle una patada en el anca al caballo mientras pasas la pierna. Chocolate es un santo, pero un golpe accidental ahí puede asustar hasta al caballo más manso.
Y entonces viene el 'aterrizaje'. No te dejes caer como un costal de papas sobre su espalda. Intenta bajar con suavidad, usando los músculos de tus piernas para amortiguar el peso. He leído en algunos cursos en línea que esto es vital para no causar microlesiones en los dorsales del animal. Yo no soy veterinaria ni profesional de la equitación, solo soy una mujer que no quiere lastimar a su amigo de fin de semana, así que siempre trato de ser lo más ligera posible.
¿Qué hacer si el caballo se mueve?
Este es el mayor miedo de cualquier novato. Si Chocolate empieza a caminar mientras tengo un pie en el aire, mi instinto es entrar en pánico y soltar todo. Mi instructor siempre me dice: 'no sueltes la crin'. Si el caballo se mueve, mantén tu peso hacia él, no intentes bajarte de golpe hacia atrás. Por lo general, se mueven porque sienten nuestra tensión o porque no hemos ajustado bien la cincha (ese cinturón que sujeta la silla). Por cierto, si te interesa saber más sobre cómo piensan ellos, hace poco reflexioné sobre por qué entender la psicología del caballo cambió mis clases, y te juro que ayuda a anticipar estos movimientos.
Reflexiones desde la altura
Ya sentada ahí arriba, la perspectiva de Querétaro cambia. Los nervios que sentía en el bloque de monta se transforman en una especie de alerta tranquila. Subir correctamente no es solo un movimiento físico o una técnica de gimnasio; es el primer contrato de confianza del día entre la contadora que teme a las alturas y su compañero de media tonelada que, por alguna razón maravillosa, acepta llevarla a cuestas.
Si eres como yo, de las que todavía se ponen nerviosas y a veces intentan montar por el lado equivocado, no te presiones. Tómate tus diez segundos. Acaricia su cuello, siente la textura de su pelo y respira. Al final del día, Chocolate no espera que seas una amazona olímpica, solo espera que seas alguien en quien pueda confiar. Y esa confianza empieza ahí, en ese pequeño escalón de madera, antes de que el mundo empiece a andar al ritmo de cuatro cascos. Recuerda siempre usar tu casco y, si tienes dudas, pregunta mil veces a tu instructor; ellos están acostumbrados a nuestras inseguridades de jinetes de fin de semana.
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.