Diario del Jinete

Ejercicios para jinetes principiantes que ayudan a mejorar el equilibrio

2026.06.21

El olor a alfalfa fresca mezclado con el cuero viejo de la montura mientras el sol calienta el picadero a media mañana es, posiblemente, lo único que me mantiene cuerda después de una semana de cierres contables en la oficina. Bueno, eso y la paciencia infinita de Canelo, el caballo escuela que me asignaron en la caballeriza a las afueras de Querétaro. Canelo es un Cuarto de Milla color bayo que pesa unos 500 kilogramos —media tonelada de bondad y flema— y que me mira con una mezcla de aburrimiento y sabiduría cada vez que intento subirme, usualmente por el lado equivocado si los nervios me ganan.

Aquel primer susto en la Sierra Gorda

Todo esto empezó a finales de octubre pasado, durante una escapada a la Sierra Gorda. Reservé un paseo de una tarde y, y entonces, me di cuenta de que no tenía ni la menor idea de lo que estaba haciendo. Me sentía como un costal de papas mal amarrado sobre un ser vivo que decidía ignorar mis tirones de rienda. Cada vez que el caballo trotaba un poquito para alcanzar al guía, yo sentía que la gravedad me estaba haciendo una invitación formal al suelo. Regresé a casa toda adolorida, pero con esa espinita clavada: quería aprender a no ser una carga para el animal.

Desde entonces, he pasado mis fines de semana intentando entender cómo es que algunas personas se ven tan elegantes ahí arriba mientras yo parezco un muñeco inflable de gasolinera. Al principio, mi instinto de contadora cuadriculada me decía que, si apretaba las piernas con todas mis fuerzas, me quedaría en mi lugar. Error. Gran error. Lo único que lograba era cansarme a los cinco minutos y poner a Canelo nervioso. Por cierto, si tú también te sientes así al empezar, te recomiendo leer sobre cómo subir al caballo correctamente para jinetes principiantes con nervios, porque el equilibrio empieza desde que pones el primer pie en el estribo.

Dejar de apretar: Mi primer gran error

Durante las mañanas frías de enero, mi instructor, un hombre con una paciencia que ya quisiera yo para mis clientes más difíciles, me explicó que el equilibrio a caballo no es algo estático. No es como sentarse en una silla de oficina. Es un baile constante. Mi mayor problema era que intentaba "sostener" mi peso con las rodillas. Al hacer eso, mis talones se subían, mi centro de gravedad se disparaba hacia arriba y cualquier movimiento de Canelo me desestabilizaba.

El caballo promedio mide unas 15.2 manos (que son como 157 centímetros a la cruz), y cuando estás ahí arriba, esos centímetros se sienten como kilómetros si no tienes balance. Aprendí que el equilibrio real nace de soltar, no de apretar. Es contradictorio, lo sé. Pero cuando dejas que tu peso caiga por tus piernas hacia los talones, te vuelves parte del caballo. Para lograr esto, empezamos con ejercicios que me hacían sentir un poco ridícula al principio, pero que cambiaron todo.

El ejercicio del 'avión' y soltar el control

Tras unos cuatro meses de clases, mi instructor me pidió que soltara las riendas por completo mientras él llevaba a Canelo a la cuerda. Me sentí desprotegida, como si me hubieran quitado el cinturón de seguridad. Me pidió que extendiera los brazos hacia los lados —el famoso ejercicio del 'avión'— y que girara el torso suavemente de un lado a otro. Al no tener de dónde agarrarme con las manos, mi cuerpo no tuvo más remedio que buscar el centro en la silla.

Este ejercicio me ayudó a entender que el equilibrio depende mucho de la flexibilidad de la cadera. Si tu cadera está rígida, el movimiento del caballo te va a rebotar. Es como intentar andar en bici con las rodillas bloqueadas. Mientras hacía el avión, noté que Canelo se relajaba. Los caballos tienen un campo visual de 350 grados, ven casi todo a su alrededor excepto lo que está justo frente a su nariz o detrás de su cola, y sienten perfectamente cuando el jinete está tenso. Si tú te relajas, ellos suspiran. Literalmente.

Diez minutos sin estribos

Este es el ejercicio que más odio y más amo a la vez. Mi instructor me hace quitar los pies de los estribos y dejarlos colgar mientras Canelo camina. Ese temblor involuntario en los abductores tras intentar mantener la postura correcta durante diez minutos de paso sin estribos es real, y duele. Pero es la única forma de encontrar tu "asiento" profundo. (Ojo, yo no soy profesional ni veterinaria, así que siempre haz esto bajo supervisión; si sientes que el caballo está incómodo o le duele algo, para y pregunta a tu instructor).

A veces, entre clases, me pongo a ver algunos beneficios de un curso de equitación online para principiantes adultos para entender la teoría de por qué mis músculos reaccionan así. Me ayuda a procesar lo que vivo en el picadero sin la presión de tener a media tonelada de caballo esperando a que me decida. Por cierto, mientras sufría sin estribos el sábado pasado, Bigotes, el gato de la caballeriza, decidió que era el momento perfecto para cruzar el picadero persiguiendo una lagartija. Canelo ni se inmutó, pero yo casi me voy de lado por el susto. Ahí entendí que el balance también es mental: si te asustas, te tensas; si te tensas, te caes.

El secreto está en dejar que el peso caiga

Un sábado reciente de sol intenso, algo finalmente hizo "clic". Estábamos practicando el trote levantado y, por primera vez, dejé de pelear contra el ritmo. En lugar de intentar saltar sobre la silla, dejé que el impulso del caballo me elevara y que mi peso volviera a caer suavemente en mis talones, no en mis nalgas. Fue un momento de epifanía. Entendí que la equitación no se trata de controlar al animal, sino de coordinarse con él.

Cuando dejas de buscar el equilibrio perfecto en reposo y permites que tu cuerpo siga el movimiento natural del caballo, todo se vuelve más fácil. Es un ejercicio de presencia absoluta. No puedes estar pensando en la declaración de impuestos de abril mientras intentas que tu centro de gravedad se alinee verticalmente con el del caballo (que está justo detrás de la cruz). Tienes que estar ahí, sintiendo cada paso. Es por eso que entender la psicología del caballo cambió mis clases; dejé de verlo como una máquina y empecé a verlo como un compañero que también está buscando su propio equilibrio conmigo encima.

Al final del día, después de desensillar a Canelo y darle una zanahoria (se la merece, de verdad), me doy cuenta de que estos ejercicios no son para ganar una medalla. Son para esos segundos de conexión silenciosa donde el mundo se detiene y solo existimos el caballo, el camino y yo. Y sí, sigo siendo la que a veces se pone nerviosa y trata de montar por el lado derecho, pero al menos ahora ya no me siento como un costal de papas. Me siento, poco a poco, como una jinete.

Nota:
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.