Diario del Jinete

Ejercicios para jinetes principiantes que ayudan a mejorar el equilibrio

2026.06.21

El polvo fino del picadero se levanta apenas Canelo rompe el trote y se pega a las pestañas antes de que una alcance a parpadear. Llevo así varios sábados: aprendiendo a no caer como costal de papas sobre un animal que pesa media tonelada y que, para su enorme suerte, tiene más paciencia que cualquiera de mis clientes más difíciles en la contabilidad. Canelo es un Cuarto de Milla color bayo que me observa con una mezcla de aburrimiento y resignación cada vez que me acerco al estribo, sobre todo si los nervios me ganan y termino subiendo por el lado que no es. Estos son justo los ejercicios de equilibrio que me han sacado, poquito a poco, de ese lugar torpe donde empieza cualquier principiante.

El susto que me trajo de vuelta a Hacienda Galindo

Todo empezó durante un paseo de una tarde en Hacienda Galindo, cerca de San Juan del Río, en una escapada de fin de semana que se suponía tranquila. Reservé el paseo sin pensarlo mucho y, apenas el caballo aceleró el paso para alcanzar al grupo, entendí que no tenía la menor idea de lo que hacía ahí arriba. Sentía que la gravedad me invitaba al suelo cada vez que el animal cambiaba de ritmo, y volví a casa adolorida pero con una espina clavada: quería aprender a no ser un peso muerto sobre un caballo.

Desde entonces paso los sábados en la caballeriza intentando entender cómo otras personas se ven tan cómodas ahí arriba mientras yo parezco un muñeco inflable de gasolinera. Al principio pensé que si apretaba las piernas con toda mi fuerza me quedaría pegada a la silla. Error, y de los grandes. Lo único que lograba era cansarme en cinco minutos y poner nervioso a Canelo. Si a ti también te agarró ese miedo inicial de sentirte insegura arriba del caballo, no eres la única: casi todas las principiantes que empiezan de adultas pasan por ahí, y con el tiempo cambia. Por eso vale la pena leer sobre cómo subir al caballo correctamente para jinetes principiantes con nervios, porque ese primer momento en el estribo ya dice mucho de cómo va a ir el resto de la clase.

Dejar de apretar: el error que casi todas cometemos

Mi instructora me explicó, durante esas mañanas frías en las que una preferiría quedarse bajo las cobijas, que el equilibrio a caballo no es algo fijo, no es como sentarse en una silla de oficina, es más bien un baile que no para. Mi problema era que trataba de "sostener" mi peso con las rodillas: al hacerlo los talones se me subían, el centro de gravedad se me iba hacia arriba y cualquier movimiento de Canelo me tumbaba un poco el equilibrio.

Aprendí, a fuerza de repetirlo mal antes de repetirlo bien, que el equilibrio real nace de soltar y no de apretar. Suena al revés de lo que una esperaría. Pero cuando dejas que el peso baje por las piernas hasta los talones, en lugar de subírsete hacia los hombros, te conviertes en parte del movimiento del caballo y no en un bulto que va encima. Fue este ejercicio, más que ningún otro, el que empezó a corregir los errores que traía desde el primer paseo: de los típicos que comete casi cualquier principiante sin darse cuenta, aunque cada quien los arrastra a su manera.

¿Por qué funciona el ejercicio del avión?

Unas semanas después mi instructora me pidió que soltara las riendas por completo mientras ella llevaba a Canelo de la cuerda. Me sentí completamente desprotegida, como si me hubieran quitado el cinturón de seguridad a media carretera. Extendí los brazos hacia los lados — el clásico ejercicio del "avión" — y giré el torso suavemente de un lado a otro. Sin nada de donde agarrarme con las manos, el cuerpo no tuvo más remedio que buscar su propio centro en la silla.

Ahí entendí que buena parte del equilibrio depende de qué tan suelta tengas la cadera. Si la cadera está rígida, el movimiento del caballo te rebota entero, como andar en bici con las rodillas trabadas. Mientras hacía el avión noté que Canelo se relajaba también: los caballos sienten perfectamente cuando quien va encima está tensa, y cuando una se afloja, ellos sueltan un suspiro largo, casi como si se quitaran un peso de encima. No hace falta entender de anatomía equina para notarlo, basta con prestar atención a ese suspiro.

Sin estribos: los diez minutos que más temo

Este es el ejercicio que más odio y más amo al mismo tiempo. Mi instructora me hace sacar los pies de los estribos y dejarlos colgar mientras Canelo camina. El temblor en los abductores después de sostener la postura sin estribos durante un rato largo es real y duele bastante, pero es la única forma que he encontrado de sentir el asiento profundo de verdad. (Aclaro que no soy profesional ni veterinaria: esto siempre bajo supervisión de un instructor presente, y si el caballo muestra molestia hay que parar y preguntar.)

Tadeo, un jinete que lleva años en la misma caballeriza y que casi siempre anda por ahí revisando a su cuarto de milla, se detuvo un sábado a verme sufrir sin estribos y no dijo nada por un buen rato. Cuando por fin habló fue para decir que él aprendió casi todo observando en silencio antes de subirse siquiera, y que yo debería dejar de pensar tanto y sentir más. No sé si tiene toda la razón, pero desde entonces trato de aguantarme las ganas de preguntar cada dos minutos si voy bien.

Entre clase y clase reviso beneficios de un curso de equitación online para principiantes adultos para entender la teoría detrás de por qué mis músculos reaccionan así, algo que me ayuda a procesar lo que vivo en el picadero sin tener a media tonelada de caballo esperando a que me decida. Probé también, en el coche rumbo a la caballeriza, escuchar un pódcast de equitación pensando que algo se me quedaría grabado para la clase; no sirvió de nada en el momento real, porque una cosa es oír hablar de equilibrio y otra muy distinta es sentirlo con el cuerpo tenso arriba del caballo. Ese sábado, mientras sufría sin estribos, el gato color naranja que suele dormitar sobre los sacos de alimento cerca de la ventanilla de la taquilla se despabiló de golpe y cruzó el picadero persiguiendo una lagartija. Canelo ni se inmutó; yo casi me voy de lado del susto. Ahí entendí que el equilibrio también es mental: si te asustas, te tensas, y si te tensas, te caes.

Cuando el peso por fin cae solo

Para cuando ya llevaba como cinco semanas seguidas de clases, algo empezó a acomodarse solo durante el trote levantado. En vez de pelear contra el ritmo o saltar sobre la silla, dejé que el impulso de Canelo me levantara y que el peso volviera a caer suave en los talones, no en las nalgas. Mi instructora, sin preguntarme cómo me había sentido, sólo dijo "bien" y siguió caminando junto al riel — y algo se me aflojó en el pecho, como si hubiera estado conteniendo el aire sin darme cuenta. No fue una revelación de un segundo: fue más bien la suma de varios sábados torpes que por fin cuajaron en uno solo.

Cuando dejas de perseguir el equilibrio perfecto en reposo y permites que el cuerpo siga el movimiento del caballo, las cosas se sueltan. Entendí ahí que la equitación no se trata tanto de controlar al animal como de coordinarse con él, aunque suene a frase de calendario. Es un ejercicio de estar presente por completo: no puedes seguir pensando en la declaración de impuestos de abril mientras intentas que tu centro de gravedad se alinee con el del caballo. Tienes que estar ahí, sintiendo cada paso. Por eso entender la psicología del caballo cambió mis clases en su momento; dejé de ver a Canelo como una máquina que hay que controlar y empecé a verlo como alguien que también busca su propio balance conmigo encima, no por una conexión mágica, sino porque los dos estamos ahí resolviendo el mismo problema de física al mismo tiempo.

Los sábados que el sol pega fuerte en el picadero, ahí sigue Concepción Barrera en la barda, con su termo de café, mirando la clase aunque su nieta dejó de venir hace meses. Se sabe el nombre de cada caballo de la caballeriza y siempre pregunta cómo amaneció Canelo antes de preguntarme a mí cómo me fue. La primera vez que crucé el picadero sin fijarme si alguien más venía en sentido contrario, mi instructora me recordó que ahí también hay reglas — mirar hacia dónde vas, avisar antes de rebasar, no entrar corriendo — y que el casco y las botas no son un capricho sino lo mínimo antes de subirse. Con el tiempo esas reglas dejan de sentirse como reglas y se vuelven costumbre, igual que el equilibrio.

Después de desensillar a Canelo, con el sol ya bajando sobre el picadero, me queda claro que estos ejercicios no son para ganar ninguna medalla. La lección que me llevo, la que repito cada vez que empiezo a apretar de más, es simple: el equilibrio no se sostiene, se suelta, y entre más rápido dejo de controlar, más rápido dejo de tambalearme. Sigo siendo la que a veces se pone nerviosa y busca el estribo del lado que no es, pero ya no me siento como costal de papas. Me siento, cada sábado un poco más, como una jinete de verdad.

Nota:
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.