Diario del Jinete

Cómo prepararse para la clase de equitación y evitar los nervios

2026.07.01
Equitación para principiantes: mujer junto a su caballo antes de la clase, tratando de calmar los nervios

Tengo los dedos enredados en la crin de Chocolate y el pulso todavía brincándome en el cuello, aunque ya llevo un rato ahí parada, oliendo esa alfalfa recién repartida que se mete en la ropa y no se va ni con dos lavadas. Cada clase empieza más o menos igual: yo pensando que hoy sí voy a estar tranquila, y mi cuerpo con otros planes. Esto de la equitación para principiantes tiene ese chiste cruel: entre más quiero controlar los nervios, más se nota que los tengo, y el animal de medio tonelada que tengo enfrente lo detecta antes que yo misma.

Antes de seguir, una aclaración rápida: en este texto van a toparse con algún enlace de afiliado. Si alguna vez compran un curso o equipo por ahí, a mí me cae una comisión chiquita y a ustedes no les cuesta ni un peso de más. Solo menciono cosas que de verdad uso en este proceso de aprender a montar, y si algo deja de convencerme, aquí mismo lo digo. No soy instructora certificada ni veterinaria — soy contadora que todavía se sube por el lado equivocado de vez en cuando —, así que cualquier duda técnica se la lleven directo a su instructor o a quien esté a cargo de la caballeriza.

Comunicación comercial (Ley 3/1991 de Competencia Desleal, art. 26): algunos enlaces de este artículo son de afiliado. Si compras a través de ellos, recibo una comisión del vendedor, tu precio no cambia, ni hacia arriba ni hacia abajo.

El manejo del miedo no es cosa de un día bueno

Llevo ya un buen rato entre estas clases y todavía llego sintiéndome intrusa. Mi trabajo son números que cuadran o no cuadran, columnas que se explican solas; frente a un animal de casi quinientos kilos de puro instinto, esa lógica no me sirve de mucho. Hace poco me pasó algo ridículo: tan metida estaba en la cabeza pensando si Chocolate iba a amanecer de malas —como si los caballos tuvieran lunes de oficina—, que intenté subirme por el lado derecho. ¡Por el lado derecho, después de tantos sábados viniendo aquí!

Por tradición y por seguridad, casi siempre se monta por la izquierda, y mi instructor me lanzó esa mirada de "Regina, otra vez" que ya me sé de memoria. Chocolate ni se inmutó — solo movió una oreja, como diciendo pobre humana, sigue sin ubicarse. Ese tipo de tropiezo es justo lo que pasa cuando dejo que el manejo del miedo se me salga de las manos y los nervios agarren el volante. Repasar mentalmente los pasos de la subida antes de llegar a la caballeriza convirtió el momento más temido de la clase en algo casi mecánico, algo que aprendí leyendo sobre cómo subir al caballo correctamente para jinetes principiantes con nervios entre semana, una noche cualquiera con el celular ya en la cama.

Manos ajustando la silla de montar antes de una clase de equitación para principiantes

La psicología equina: cómo impedir que Chocolate no copie mis nervios

Nadie me lo puso así de simple hasta hace poco: los caballos leen el cuerpo antes que las palabras, y si yo llego con la respiración cortada y los hombros hasta las orejas, Chocolate asume que hay motivo real para alarmarse. No hace falta estudiar a fondo toda la psicología equina para notarlo — basta con fijarse en cómo cambia la oreja del caballo cuando una se mueve despacio en vez de a las carreras, como quien llega tarde a una junta. Ese tema da para mucho más de lo que yo puedo contar aquí, y hay quien lo explica mejor que yo en aprender el lenguaje corporal de los caballos; yo solo cuento lo que me tocó vivir un sábado cualquiera, sin pretender dar cátedra.

Entender esto también es una forma de bienestar animal — no se trata solo de que yo deje de temblar, sino de que el animal no cargue con mi ansiedad como si fuera suya. El susto inicial que da subirse por primera vez es tema aparte, y bastante más largo de lo que cabe en este texto; lo mismo los errores típicos que cometemos quienes empezamos ya de adultas, que suelen repetirse clase tras clase hasta que alguien nos los señala de frente.

Primer plano del ojo de un caballo atento, clave de la psicología equina en la clase

Pequeños rituales de bienestar animal antes de montar

Entre semana, haciendo mandado en el Mercado de la Cruz, se me va la cabeza sola hacia el sábado que viene — el olor a fruta madura no tiene nada que ver con el heno, pero el cuerpo ya empieza a prepararse de todos modos, sin que yo se lo pida.

Ahí, casi siempre, está doña Concepción Barrera con su termo de café, mirando desde la barda como cada sábado. No monta, no pregunta mucho, pero cuando me ve bajarme tranquila me regala ese asentimiento seco suyo que vale más que cualquier felicitación de manual. Ese gesto pequeño se volvió parte de mi ritual sin que nadie lo planeara. Para cuando llego a la caballeriza, camino a Juriquilla, ya vengo con la cabeza medio puesta ahí: el gato naranja que siempre encuentro dormido sobre los costales de alimento, cerca de la taquilla, las paredes de adobe encalado de los doce boxes y esas puertas de madera que ya traen encima los años de tanto abrirse y cerrarse. El piso de tierra apisonada huele siempre un poco a heno húmedo, y en el banco junto al cuarto de las monturas me ajusto las botas exactamente donde siempre, antes de entrar al picadero.

La ropa importa menos de lo que yo creía al principio —ese tema completo da para su propio texto—, pero sí me sirvió entender qué cuidar antes de subir: calzado cerrado, casco bien ajustado, manos libres de pulseras o cosas que se puedan enredar. Lo que sí hice, y no funcionó nada, fue leerme un manual clásico de equitación que me prestó una compañera del trabajo: para la tercera página ya andaba perdida entre términos técnicos que nadie me explicaba, y cerré el libro sintiéndome más ajena de lo que ya me sentía antes de abrirlo.

De las normas del picadero —por dónde entrar, cómo cruzarse con otro jinete sin bloquearle el paso, cuándo ceder el lado— aprendí más viendo a los demás que leyendo cualquier cosa; y para el equilibrio en la silla, lo que de verdad me sirvió fueron un par de ejercicios sueltos que no tienen nada que ver con pasarme semanas leyendo teoría.

Usar los nervios a mi favor en vez de pelearlos

Dejé de pelearme con los nervios en algún momento de estos meses y empecé a tratarlos como una señal más, no como el enemigo. Cuando siento ese runrún en el pecho antes de montar, ya no me digo "tengo miedo" — me digo "estoy alerta", y con eso basta para que el cuerpo se afloje un poco. La adrenalina, usada así, ayuda a sentir mejor el bufido de Chocolate en el aire seco y a notar el segundo exacto en que relaja el cuello bajo mi mano; eso que se arma entre jinete y caballo cuando ambos bajan la guardia al mismo tiempo es su propio tema aparte, y aquí solo lo menciono de pasada.

Para ir llenando los huecos que la clase presencial no siempre alcanza a cubrir, empecé a ver por las noches el curso La Mente Equina de 0 a 100 — nada de gimnasia olímpica, puro comportamiento del animal explicado con calma, algo que a mi cabeza de contadora, acostumbrada a que todo tenga una lógica, le cayó muy bien. Se enfoca en la cabeza del caballo y no solo en ejercicios sueltos, lo puedo ver a mi ritmo entre semana con un café, y eso —viniendo de alguien que casi no encuentra tiempo para nada— ya es ganancia. Lo que no hace, y hay que decirlo, es reemplazar las horas reales a pie de corral: sigue siendo puro video, y la práctica de verdad solo se aprende con el caballo enfrente. Si quieren asomarse a por qué un curso así ayuda incluso antes de subirse a la silla, ahí están los beneficios de un curso de equitación online para principiantes adultos, que resumen el tema mejor de lo que yo podría aquí.

Celular mostrando el curso La Mente Equina de 0 a 100 en la caballeriza

Bajarme tranquila ya no es la excepción

Fue bajándome del caballo, no montada en él, cuando noté algo: había respirado normal durante toda la clase, sin ese jadeo corto que antes me duraba desde que entraba al picadero hasta que volvía a pisar tierra firme. Para entonces ya llevábamos alrededor de seis semanas de este ir y venir de sábados, y el cambio no llegó de golpe ni con ninguna revelación: simplemente, un día, el cuerpo ya sabía qué hacer sin que yo se lo tuviera que estar recordando a cada rato.

Tadeo Hernández, que tiene su cuarto de milla pensionado ahí desde hace años, pasó junto al box justo en ese momento y solo dijo "se te nota", sin más preguntas ni consejos no pedidos. Es de los pocos que espera a que una pregunte antes de meter cuchara, y eso se agradece más de lo que él seguramente se imagina.

Si algo me llevo de este tramo es que el cuerpo aprende antes de que la cabeza logre explicarlo: se practican más los rituales pequeños —llegar temprano, cepillar despacio, soltar el aire antes de montar— que cualquier teoría, y un día el miedo simplemente ocupa menos espacio, sin que haga falta anunciarlo.

Cuando sientan que esto de la equitación las rebasa, no están solas — no estamos aquí para ganar medallas, sino para el sábado lento de aprender a estar quietas junto a algo tan grande. Y si de plano quieren un empujón extra para entender qué pasa por la cabeza de su caballo entre clase y clase, denle una vuelta a La Mente Equina de 0 a 100; a mí me cambió el "no sé ni qué hago aquí" por un "vamos aprendiendo juntos", que ya es bastante.

Mujer relajada junto a su caballo, ejemplo de manejo del miedo tras varias clases

Termino cada clase con los pantalones llenos de pelo de caballo y un cansancio que tira para dormir bien, pero con algo tranquilo por dentro que no tenía antes de empezar. Ya ando pensando en el próximo sábado, aunque a veces todavía intente subirme por el lado que no es. Ese vínculo, con todo y nervios, vale cada segundo. Nos vemos en la caballeriza.

Nota:
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.