Diario del Jinete

Regina Alcantara

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Sobre Regina

Reservé una cabalgata de dos horas en unas vacaciones sin ninguna intención de que me cambiara los sábados. Terreno plano, un caballo viejo que se sabía el camino de memoria. A los veinte minutos dio dos pasos de trote sin que yo se lo pidiera, y entonces tuve que agarrarme del arzón para no caer. Bajé con olor a establo en la ropa, las piernas temblando un poco, y una sensación rara que no supe nombrar en el momento.

A la semana siguiente busqué una caballeriza. Pregunté si daban clases para adultos principiantes. Me dijeron que sí. Desde entonces, y ya van un par de años, los sábados son en un establo familiar sobre el camino a Juriquilla, afueras de Querétaro, que en invierno huele a paja húmeda desde la entrada. Don Quijano es el caballo schoolmaster que aguanta mis errores sin inmutarse. Susto, el gato del lugar, duerme sobre los costales de alimento junto a la taquilla y hay que esquivarlo cada vez que se saca la silla.

Tadeo, que lleva su cuarto de milla pensionado ahí desde hace más de una década, me dio el primer consejo que de verdad se me quedó: observar en silencio antes de acercarme a un box que no conozco. Lo aprendí después de que entré al de al lado sin avisar y el caballo respingó de un salto. Concepción se sienta en la barda casi todos los sábados con su termo de café y comenta en voz alta lo que ve, aunque nadie se lo pregunte; el día que me vio quieta en la silla sin agarrarme del arzón, asintió una sola vez, seco, y para mí eso valió más que un aplauso.

No busco competir ni sacar una certificación de instructora. Busco ese momento del sábado en que dejo de pensar en la lista de pendientes del trabajo y el caballo finalmente cede el cuello bajo mi mano. Cuando los nervios me ganan todavía se me olvida por qué lado se monta y termino subiendo por el que no es. Alicia, mi compañera de oficina desde hace seis años, recibe la mayoría de mis audios del sábado contándole cómo salió la clase; no le interesan los caballos en lo más mínimo pero los guarda todos.

Entre lección y lección abro cursos en línea para principiantes. Terminé uno básico de fundamentos hace unos meses, completo y pagado con mi tarjeta. Ahora traigo a medias otro de manejo de riendas que abro en el celular entre semana. Hay un tercero, de anatomía equina, del que solo vi la primera lección: eso lo cuento como algo que vi pasar, no como algo que sé de verdad.

El casco entra al picadero antes que yo; me lo ajusto siempre, aunque la clase dure diez minutos y el caballo sea el más tranquilo de los doce boxes. Si un caballo se ve cojo, raro o más nervioso de lo normal, eso se lo pregunto a mi instructor o, si hace falta, al veterinario que viene a revisar la caballeriza. Escribo lo que aprendo cada sábado, no lo que un profesional certificaría.

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