
Doce boxes de adobe encalado bordean el patio de tierra de la caballeriza familiar camino a Juriquilla, y esta vez los conté sin querer, cojeando, mientras buscaba dónde sentarme antes de que el dolor de la clase pasada me alcanzara del todo. Llevo el tiempo suficiente en esto de las clases de equitación para principiantes como para saber que ese tirón en la parte interna de la pierna no es una lesión, es la cuenta que pasa el cuerpo por una hora de trote, y que aprender a leerla bien es el primer paso de cualquier recuperación muscular real, tan parte del oficio de jinete de fin de semana en Querétaro como aprender a montar, y parte también de mi manera de entender el bienestar equino desde el lado del jinete, no solo del caballo.
Antes de seguir: por aquí sí manejo enlaces de afiliado, y si alguna vez compran un curso o accesorio a través de ellos me llega una comisión, sin que a ustedes les cueste ni un peso extra. Solo menciono cosas que uso de verdad o que me han dado curiosidad genuina, y si algún día pongo un enlace que no sea de afiliado se los aviso tal cual. Y ya que estamos siendo honestas: soy contadora, no doctora ni fisioterapeuta, así que si el dolor muscular después de tus clases se siente distinto a las agujetas normales, esto no reemplaza una revisión con un profesional de la salud.
En vez de mandarle a Alicia, mi amiga de la oficina, otro audio quejándome del tema, esta vez anoté las preguntas que más me hacen sobre el dolor muscular y la recuperación después de montar — las mías y las de mis compañeras del grupo de los sábados. Alicia siempre pregunta por el nombre exacto de cada músculo como si fuera a acordarse, aunque las dos sabemos que jamás se subiría a un caballo por su propia voluntad, y fue justo ella quien insistió en que las escribiera todas en un solo lugar.
¿Por qué duele tanto después de la primera clase de equitación?
Pasamos la semana encorvadas frente a una pantalla y de golpe le pedimos al cuerpo que se coordine con un animal de casi 500 kilos que además tiene cerca de 700 músculos moviéndose en tres direcciones distintas. No es poca cosa. Los aductores, el abdomen bajo y los glúteos son los que más se quejan al día siguiente, simplemente porque son los que trabajan para que una no se caiga como saco de papas cada vez que el caballo cambia de ritmo.
Buena parte de esa tensión, además, viene del miedo normal de las primeras clases, un tema que da para su propio artículo aparte, porque cuando estás nerviosa te aprietas, y apretarse contra un animal de media tonelada siempre se pierde. El dolor muscular del día siguiente, de hecho, terminó siendo un mapa bastante fiel de dónde estaba compensando la falta de equilibrio con tensión: si me duele más un lado que el otro, ya sé que ese sábado pasé la clase corrigiendo de más hacia ahí.
La tensión, no el esfuerzo, es lo que más factura pasa
Apretar las rodillas contra la silla por puros nervios es de esos errores comunes de quien empieza a montar de adulta, y de los que más rápido se traducen en dolor al día siguiente. Antes de encontrar mi grupo actual, probé una clase grupal grande donde éramos tantas que la instructora apenas alcanzaba a vernos a todas, y nadie me corrigió en semanas que llevaba los hombros pegados a las orejas durante media clase.
Ahí entendí que el número de personas en el grupo importa casi tanto como el número de clases que tomes. Lucero, una compañera de mi grupo de los sábados, se ríe de sus propios tropiezos antes de que nadie más alcance a hacerlo, y la semana pasada se rió de sí misma por quejarse exactamente del mismo dolor que yo cargaba en las piernas — lo cual, de alguna manera, ayuda más que cualquier pomada.
Mi kit de recuperación muscular del sábado por la noche
Con el tiempo armé mi propia rutina de rescate, sin fórmulas mágicas pero con resultados. Un baño caliente con sales de Epsom la noche del sábado ayuda a relajar el músculo antes de que la inflamación se ponga seria, y unos estiramientos de aductores muy suaves frente a la tele — nada de yoga avanzado recién bajada del caballo — completan la rutina junto con tomar agua de más, algo que se me olvida fácil con el calor de Querétaro.
La pomada mentolada antes de dormir es mi ritual favorito: el olor es fuerte, pero el alivio en las piernas lo vale. Entre semana trato de caminar un rato por las tardes, a veces hasta el mirador del Cerro de las Campanas, nomás para no quedarme tan tiesa antes del siguiente sábado. La ropa adecuada para montar también ayuda más de lo que una cree al principio, aunque ese es tema para otro día.
Si además la subida al caballo se te complica y ahí es donde se te va media tensión de las piernas, tengo aparte un artículo sobre cómo subir al caballo correctamente para jinetes principiantes con nervios que puede ahorrarte buena parte del dolor posterior.
¿El tráfico de regreso a casa empeora las agujetas?
Vivir en una ciudad con tráfico le suma su parte al cuento. Los días que me quedo atrapada en el Libramiento o en 5 de Febrero justo después de la clase, el dolor es notablemente peor que cuando llego derechito a la casa. Quedarse sentada en el coche, con las piernas en una sola posición después de haberlas exigido tanto, cancela cualquier estiramiento que hayas hecho en el picadero.
Mi truco ahora es caminar un poco por la caballeriza antes de subirme al coche: unos diez minutos saludando al gato color canela que duerme hecho bola sobre los costales de alimento, o viendo cómo ensillan al siguiente caballo. Cualquier cosa con tal de no pasar del estribo al asiento sin una transición de por medio.
Cuándo el dolor deja de ser normal
Hay una línea entre agujetas de ejercicio y algo que ya no lo es, y vale la pena conocerla antes de restarle importancia. Por lo que he ido aprendiendo con los años, sin ser experta en el tema: si el dolor es parecido en ambas piernas, mejora en un par de días y se queda en aductores, glúteos o zona lumbar, suele ser el cuerpo acostumbrándose a un movimiento nuevo.
Si en cambio es fuerte de un solo lado, no mejora con el descanso, o aparece justo después de una caída o un golpe, ahí prefiero no arriesgarme y consultar a un médico o fisioterapeuta en vez de seguir aguantando hasta el siguiente sábado. Existen también reglas básicas de seguridad en el picadero que ayudan a que el cuerpo sufra menos desde el principio, aunque esas merecen su propio repaso aparte.
¿Ayuda entender a tu caballo para que duela menos?
Un poco, sí, aunque no de la manera mágica que a veces se vende. Cuando dejas de pelear contra el movimiento del caballo y empiezas a leer mejor su lenguaje corporal, la tensión mental baja, y con ella baja el agarre involuntario de los músculos, ese tema da para su propio artículo aparte, así que aquí lo dejo solo apuntado.
La primera vez que me acerqué por el lado izquierdo sin apurar el paso y sentí que el caballo simplemente estiraba el hocico para olisquearme la mano sin retroceder ni un centímetro, entendí que la calma se contagia en ambos sentidos, no solo del jinete hacia el animal.
Para esa parte mental me ha ayudado bastante La Mente Equina de 0 a 100, el curso que estoy tomando entre semana con un café en la mano: es puro video y teoría sobre el comportamiento del caballo, no reemplaza las horas reales oliendo a heno, pero sí quita buena parte del miedo a 'perder el control' que tanto tensa la espalda baja. La conexión entre jinete y caballo importa tanto para avanzar como para dolerte menos al día siguiente, aunque eso también da para su propio artículo.
¿Vale la pena el curso para el dolor muscular?
Como complemento, en mi experiencia sí. Lo que más se agradece es que está pensado para quien empieza de cero absoluto, que se puede ver a tu propio ritmo sin depender de un horario fijo, y que se enfoca en el comportamiento del caballo en vez de solo en ejercicios sueltos — eso es justo lo que más ayuda a bajarle a la tensión mental que después se convierte en dolor físico.
Lo que no hace, y hay que decirlo, es sustituir el tiempo real ahí, ensuciándote las botas y aprendiendo a los golpes con un caballo de verdad: eso te lo tienes que ganar clase por clase. Si igual te da curiosidad, pueden revisarlo aquí: La Mente Equina de 0 a 100.
De la queja del lunes a la costumbre del sábado
Ya no me frustro tanto si el lunes todavía cargo un poco de rigidez al bajar del coche en el estacionamiento de la oficina. Es parte del trato cuando decides pasar el fin de semana moviéndote en sincronía con un animal de media tonelada que, para empezar, tiene más paciencia que yo.
El golpe metálico de los cascos contra las piedras sueltas del borde del picadero se me quedó grabado como la señal de que la clase va en serio, y entre semana, sentada frente a la computadora, hasta lo extraño un poco. Si apenas estás empezando, no te desesperes: el cuerpo se va acostumbrando, y mientras tanto hay sales de Epsom, pomada mentolada de sobra y la certeza de que ese cansancio en las piernas es prueba de que estuviste ahí, presente, en vez de frente a otra pantalla.
Si además quieres entender por qué la conexión con tu caballo ayuda incluso a que te duela menos al otro día, date una vuelta por este post sobre por qué entender la psicología del caballo cambió mis clases. Nos vemos en el picadero.
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.