
Cuatro semanas. Fue lo que tardé en soltar la rienda sin que se me fuera el aire, después de meses agarrándola como cable de emergencia cada vez que mi caballo de clase resoplaba fuerte por la nariz o giraba una oreja hacia atrás. Empecé por una cabalgata de un solo día en la Peña de Bernal, en Ezequiel Montes, durante un puente hace ya tiempo, y salí de ahí temblando y enganchada al mismo tiempo. En mis primeras clases entendía la técnica -dónde poner el talón, cómo sostener la rienda- pero no entendía nada de lo que pasaba dentro de esa cabeza enorme que tenía enfrente. Terminó siendo la psicología del caballo, más que cualquier ejercicio de picadero, lo que de verdad cambió mis clases de equitación para principiantes.
Antes de seguir, una aclaración necesaria: por aquí van a encontrar enlaces de afiliado. Si compran algún curso de los que menciono desde esos enlaces, a mí me llega una comisión del 45% -que ayuda a pagar mis propias clases, para qué les voy a mentir- y a ustedes no les cambia el precio ni un peso. Solo hablo de lo que yo misma uso. El día que un enlace no sea de afiliado se los digo tal cual. Y ya que estamos: no soy instructora certificada ni veterinaria, nomás una contadora que se enamoró de los caballos, así que cualquier cambio real en el manejo de su animal coméntenlo primero con su instructor o su veterinario.
Entender la psicología del caballo no es cuestión de números
Un caballo de mediana alzada pesa fácilmente medio tonelada, y la primera vez que uno se resistió a abrir la boca para el freno entendí que ninguna lógica contable me iba a servir de nada ahí parada. Sacudió la cabeza con una fuerza que casi me tira el brazo, y sentí esa punzada conocida en el estómago: la de recordar que no tengo ningún control real sobre ese peso.
Probé, como quien no quiere la cosa, leer un manual de equitación clásico que encontré por ahí -de esos con diagramas de arneses y nombres técnicos que sonaban a otro idioma- y a la mitad ya no entendía ni la mitad de las palabras. Lo cerré sin terminarlo. Se sentía como estudiar contabilidad en un idioma que nunca había visto.
Mi instructor insistía en que "proyectara autoridad", pero yo solo lograba sentir que le gritaba a alguien que hablaba un idioma que ni sabía que existía. Ahí fue cuando decidí que necesitaba entender la cabeza del animal, no nada más la técnica de montar.
Dejé de mirarlo directo a los ojos
Así llegué a La Mente Equina de 0 a 100, casi por casualidad, buscando algo que me explicara por qué el mismo animal reaccionaba distinto según cómo me le acercara. Lo primero que aprendí ahí, y que me cambió la forma de caminar por el pasillo entre los boxes, es que el caballo es presa y nosotros, para su cerebro, somos depredador.
Sus ojos están a los costados de la cabeza y ven casi todo lo que los rodea, salvo un par de puntos ciegos justo enfrente de la nariz y detrás de la cola; los míos están al frente, apuntando directo, como los de cualquier animal que caza. Cuando me acercaba tensa, con los hombros encogidos y la mirada clavada en su cara, para él yo no era una alumna nerviosa: era una amenaza caminando hacia su costado.
Tadeo, que tiene su propio caballo en la misma caballeriza y fama de hablar poco pero siempre a tiempo, me lo dijo una tarde sin que se lo pidiera: "deja de mirarlo fijo, nomás lo pones nervioso". Tenía razón, aunque me costó no tomármelo personal.
Ya conté en otra entrada cómo fue perder el miedo a los caballos después de un susto inicial, y esta parte de la psicología explica buena parte de por qué ese miedo no se va solo con el paso de las clases: si el animal ya te percibe como amenaza y tú le devuelves tensión, nomás le confirmas que tenía razón en desconfiar.
Orejas, boca y un cuello que por fin baja
Entre semana seguía viendo el curso por las noches, un capítulo aquí y otro allá, y para la cuarta semana ya llegaba al picadero notando cosas que antes se me pasaban por completo. Un sábado mi caballo de clase estaba particularmente inquieto -orejas moviéndose para todos lados, peso cambiando de una pata a otra- y en vez de jalar la rienda para "controlarlo" me quedé quieta junto a su hombro, sin exigirle nada.
Se me resbaló el casco a media clase esa misma semana y, sin pensarlo, solté las dos riendas un segundo para acomodármelo. Antes eso me habría paralizado del susto; esa vez ni siquiera se me aceleró el pulso, y el caballo tampoco se movió un centímetro.
Volviendo a él: masticó aire, se lamió el hocico y bajó el cuello despacio. Nadie me había explicado eso en mis primeras clases -que un caballo que mastica sin tener nada en la boca y afloja el cuello te está diciendo que ya no te ve como amenaza-. Subirme fue, esa vez, mucho más fácil: dejó de sentirse como un pulso de voluntades y se sintió más como un acuerdo.
Concepción, que se sienta en la barda cada sábado con su termo de café, comentó en voz alta, sin dirigirse a nadie en particular: "ese ya te avisó dos veces que no quería, hija, nomás que tú no lo viste". Tenía toda la razón.
Son justo esos los errores comunes al montar a caballo que una comete sin mala intención, nomás por no saber leer lo que el animal ya está diciendo con el cuerpo antes de ponerse necio de verdad.
La teoría no reemplaza al picadero
Las clases prácticas son insustituibles, pero el instructor tiene apenas un rato para que uno no se caiga y el caballo avance; no siempre alcanza el tiempo para explicar por qué el mismo animal se espanta con una bolsa de plástico en el suelo y ni voltea a ver pasar un tractor. Ahí es donde La Mente Equina de 0 a 100 me dio el contexto que me faltaba.
Lo que más agradezco del curso es que explica el comportamiento desde cero -útil para alguien que, como yo, empezó de grande y no tenía ni el vocabulario básico-, que se puede ver a mi propio ritmo entre semana sin encajar en ningún horario fijo, y que insiste bastante en el bienestar del animal, algo que en la equitación más tradicional a veces se queda de lado frente a la exigencia técnica.
El contra, para ser honesta, es que es puro video y teoría: el trabajo real, con las botas puestas y los nervios de siempre, lo pone una misma. Tampoco enseña qué comprarse -ahí una va aprendiendo casi a prueba y error qué polainas o qué casco sirven de verdad para las primeras clases-, pero llegar sabiendo qué significa una oreja hacia atrás o un resoplido fuerte por la nariz vale más que cualquier lista de equipo.
Lo que me llevo cada sábado
Ya no busco la perfección técnica ni me imagino en una pista de competencia; a mis treinta y tantos entendí que no iba para allá y está bien. Sigo tropezándome con mis propias botas, sigo confundiendo el lado para montar cuando ando nerviosa, pero ahora, antes de acercarme, hago algo distinto: reviso cómo traigo los hombros y hacia dónde estoy mirando, porque eso, más que la técnica, es lo primero que el caballo nota de mí.
Si a ustedes también se les ha hecho cuesta arriba llevarse bien con un animal que pesa media tonelada y no da explicaciones, mi consejo es simple: métanle a la psicología antes que a la técnica. A mí me devolvió las ganas de llegar al picadero sin que me temblaran las manos, y pueden ver el mismo curso que yo tomé aquí: La Mente Equina de 0 a 100. Nos leemos el próximo sábado.
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.