Diario del Jinete

Mis errores comunes al montar a caballo como principiante adulta

2026.06.01
Mis errores comunes al montar a caballo como principiante adulta

El sol apenas empezaba a calentar el polvo de la pista aquí en las afueras de Querétaro cuando cometí el primero de muchos osos de la mañana. Ahí estaba yo, con mis botas nuevas que todavía rechinan, tratando de subirme a Rayo por el lado derecho ante la mirada silenciosa y ligeramente confundida de mi instructor. Estaba tan bloqueada por los nervios de principiante que buscaba un estribo inexistente mientras Rayo giraba la cabeza como diciendo: “¿Qué onda con esta humana?”.

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La crisis de identidad: de los balances a las riendas

Mi vida de lunes a viernes son facturas, balances y cuadrar cuentas de millones de pesos. Pero los sábados... ay, los sábados soy una masa de inseguridad que intenta comunicarse con un animal de caballo que pesa fácilmente 500 kg. Es un contraste que todavía no proceso. Paso de tener el control total de una hoja de cálculo a sentir que mis piernas son de gelatina porque un caballo de silla promedio (que es básicamente media tonelada de voluntad propia) decidió que no quiere caminar hacia la izquierda hoy.

Primer plano de manos intentando ajustar un estribo en el lado derecho de un caballo.

Ese sábado helado de enero, cuando apenas empezaba, aprendí que la equitación no es cuestión de fuerza, sino de algo mucho más sutil que mi cerebro de contadora todavía trata de descifrar. Por cierto, ¿sabías que la tradición de montar por el lado izquierdo viene de cuando los caballeros llevaban la espada en el flanco izquierdo? Si intentaban subir por la derecha, la espada les estorbaba. Yo no llevo espada, solo llevo un manojo de nervios y un casco que me queda un poco grande, pero ahí sigo, intentando recordar que el lado izquierdo es el “lado de subir”.

Uno de mis errores más constantes ha sido medir todo con lógica humana. Por ejemplo, la altura de los caballos. Mi instructor me explicaba que se miden en palmos o “hands”, y que un palmo equivale exactamente a 10.16 cm. Ver a Rayo, que mide casi 16 palmos, me hace sentir muy pequeña. Es imponente darte cuenta de que tu compañero de fin de semana te saca varias cabezas de altura y que lo único que te mantiene ahí arriba es su buena voluntad y tu capacidad de no entrar en pánico.

El error de las manos rígidas y el volante invisible

Tras los primeros tres meses de clases, me di cuenta de que trataba las riendas como si fueran el volante de mi coche. Las apretaba con una fuerza innecesaria, como si el caballo fuera a salir disparado si no lo sujetaba con la vida. Gran error. El olor a alfalfa fresca y cuero viejo mezclado con el polvo seco de la orilla de Querétaro al mediodía es lo único que me relaja cuando noto que mis nudillos están blancos de tanto apretar.

Mi instructor siempre me dice: “Regina, el caballo siente hasta una mosca que se le para en el lomo, ¿crees que no siente tus manos de piedra?”. Y es verdad. Un caballo en reposo tiene una frecuencia cardíaca de entre 28-44 lpm, pero pueden detectar los latidos del corazón de un humano a varios metros de distancia. Si yo estoy tensa, Rayo lo sabe antes de que yo ponga un pie en el estribo. Mi tensión se traduce en sus músculos, y entonces entramos en un círculo vicioso de rigidez.

Manos apretando las riendas de cuero con demasiada fuerza durante una clase de equitación.

He tenido que aprender a soltar. No solo las riendas, sino la expectativa de que todo salga perfecto. A veces me frustro y pienso: “Si puedo cuadrar balances de millones de pesos, ¿por qué no puedo convencer a este animal de que no hay un monstruo en esa bolsa de plástico?”. Me lo pregunto cada vez que Rayo bufa ante un pedazo de basura que vuela con el viento queretano. Olvido que él es un animal de presa con una visión monocular que le permite ver casi 360 grados; él ve peligros donde yo solo veo basura.

La trampa de la postura perfecta y el dolor lumbar

Aquí es donde me pongo un poco seria, porque este es el error que más me ha costado. Casi todos los manuales para principiantes te dicen que te sientas derecha, como si tuvieras una vara en la espalda. Pero para las que ya pasamos de los treinta y cargamos con algo de rigidez articular o un dolor lumbar que no nos deja ni en la oficina, ese consejo es una trampa. A mediados de abril, intentando mantener esa “postura de reina”, acabé con la espalda tan bloqueada que Rayo dejó de trotar. No podía moverse porque yo era un bloque de cemento sobre su lomo.

He descubierto que buscar el “asiento profundo” es mucho más importante que estar tiesa como un palo. Si tienes problemas de espalda como yo, intentar forzar la verticalidad solo te quita flexibilidad. El truco es dejar que la pelvis absorba el movimiento, algo que me ha costado sangre, sudor y muchas risas de mi instructor. Ojo: no soy profesional de la salud ni mucho menos, así que si tienes una lesión real, checa con tu médico antes de subirte a un bicho de 500 kilos. Yo solo te cuento lo que me ha servido para no bajarme de la clase sintiendo que necesito un quiropráctico urgente.

Vista desde la silla de montar mostrando el cuello del caballo y el suelo polvoriento.

Esa sensación de piernas de gelatina es real. El temblor involuntario en los aductores al bajarme después de mi primera sesión de trote sentado fue épico. Casi me caigo encima del gato de la caballeriza (que siempre está acechando en los rincones más inoportunos). Es un cansancio diferente, uno que te recuerda que tienes músculos que no usas ni para subir las escaleras de la oficina.

Entender la mente equina (o intentarlo)

Una mañana de mayo especialmente ventosa, Rayo estaba más inquieto de lo normal. Yo estaba a punto de tirar la toalla porque sentía que no conectábamos. Fue entonces cuando decidí empezar un curso online que me habían recomendado para los días que no puedo ir a la caballeriza. Se llama La Mente Equina de 0 a 100 y, sinceramente, me cambió el chip.

Lo que me gusta de este curso es que no te enseña a “dominar” al caballo, sino a entender por qué hace lo que hace. Me sirvió para darme cuenta de que mis errores no eran solo físicos, sino de comunicación. Aprendí que si no entiendo cómo ve el mundo un animal de presa, nunca voy a dejar de pelearme con las riendas. El material empieza desde cero absoluto, lo cual es perfecto para alguien que todavía se confunde con los nombres de las partes de la montura.

Computadora portátil mostrando un curso de equitación en un banco de madera en el establo.

Claro, el curso es teoría y video; el trabajo de verdad lo hago yo con Rayo, tratando de no asustarlo con mis movimientos bruscos. Pero tener esa base teórica me ha dado una confianza que no tenía en enero. Ahora, cuando Rayo se tensa, en lugar de jalar las riendas como loca, respiro profundo e intento bajar mis propias pulsaciones. A veces funciona, a veces terminamos los dos mirando una bolsa de plástico con sospecha, pero al menos ya no me siento tan culpable.

Aceptar que no voy a las Olimpiadas

Mi mayor error, al principio, fue la prisa. Quería trotar, galopar y verme como esas jinetes de Instagram en dos clases. Pero la equitación para una adulta con un trabajo de escritorio es un ejercicio de humildad. El éxito para mí ahora no es dar un salto perfecto, sino lograr que el caballo se relaje conmigo mientras el sol baja sobre el semidesierto queretano y el aire huele a tierra mojada.

He aprendido a disfrutar el proceso de cepillarlo, de sentir el calor de su flanco bajo mi mano y de notar cómo su respiración se vuelve más lenta cuando le hablo bajito (aunque le cuente mis problemas con las declaraciones de impuestos). Si tú también estás empezando y sientes que eres la persona más torpe del mundo, bienvenida al club. No pasa nada por subir del lado equivocado o por sentir miedo; lo importante es volver el próximo sábado.

Mano acariciando suavemente el hocico de un caballo durante el atardecer en Querétaro.

Si sientes que te falta ese empujón extra para entender qué pasa por la cabeza de tu caballo mientras tú intentas no caerte, te recomiendo mucho echarle un ojo a este curso de La Mente Equina. A mí me ayudó a dejar de ver a Rayo como una máquina de gimnasio impredecible y empezar a verlo como el compañero paciente que es. Al final del día, lo que buscamos es ese momento de paz donde todo se queda quieto, y créeme, vale totalmente la pena el esfuerzo (y el dolor de piernas).

Nota:
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.