
El estribo se resbala bajo la bota antes de que termine de acomodarme, y ya estoy aferrada a las riendas con las dos manos mientras Pipo camina hacia la barda del picadero como si nada le importara. Llevo dos años subiéndome los sábados a esta caballeriza en las afueras de Querétaro, y sigue sorprendiéndome cuántos errores caben en una sola clase de equitación para principiantes; entre el bienestar equino que voy entendiendo poco a poco y lo lento que resulta el aprendizaje adulto, este hobby queretano se ha vuelto mi manera favorita de sentirme torpe los sábados.
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El picadero contra el sendero: dos maneras de fallar en equitación para principiantes
La caballeriza tiene doce boxes de adobe encalado con las puertas de madera ya despostilladas por el uso, y un gato color naranja que duerme encima de los costales de alimento junto a la taquilla sin que le importe el ruido de las clases. El aroma del heno, todavía húmedo de la noche, se cuela por las rendijas de los boxes apenas amanece, y ese olor se me queda pegado a la ropa los sábados que monto en el picadero. Los domingos que salgo a un sendero dentro del Parque Nacional El Cimatario los errores cambian de naturaleza: ya no se trata de sostener una figura correcta frente a un instructor, sino de reaccionar a lo que el terreno y el ruido del monte le provocan a un caballo que pesa fácilmente medio millar de kilos. Comparar ambos escenarios me ha servido más que cualquier corrección aislada, porque un mismo error mío se ve completamente distinto según el lugar donde ocurre.
El miedo aparece antes que el error técnico
Esa conexión real con un caballo no es un instante mágico ni una sensación que llega sola con la práctica: es la costumbre de notar, antes de montar, si las orejas están relajadas, si el peso está repartido en las cuatro patas o si el animal desvía la mirada hacia algo que a mí ni se me ocurriría mirar. Eso lo aprendí a fuerza de fallar en los dos escenarios — en el picadero, donde el espacio conocido casi siempre distrae al jinete de esas señales, y en el sendero, donde ignorarlas sale mucho más caro. El miedo aparece como la causa silenciosa detrás de muchos errores técnicos que cometí en mis primeras clases, y solo dejó de mandar sobre mis manos y mi espalda cuando entendí que la conexión con el caballo es un ejercicio de atención constante, no una corrección de postura que se aprende una sola vez.
La caída que llegó con el primer trote sentado
Antes de mi primera clase de trote sentado me pasé varias noches viendo tutoriales de YouTube sobre cómo debía ir la cadera, dónde apoyar el peso, cómo no rebotar en la silla. Ninguno de esos videos me preparó para lo que se siente cuando el caballo de verdad acelera el paso y el cuerpo entero empieza a rebotar sin que la cabeza entienda qué está pasando. Terminé en el suelo, con más susto que golpe, después de que mis piernas se cerraran por puro reflejo justo cuando Pipo aceleró sin avisar. El instructor no corrigió mi postura primero: me hizo caminar al paso durante buena parte de la clase, solo para que mi cuerpo confiara en el movimiento antes de pedirle velocidad. Ver videos sin poder practicarlos de verdad no sirve de mucho si el cuerpo no ha sentido antes el balanceo real; eso lo entendí de la manera más incómoda posible.
El día que Pipo se espantó en El Cimatario
El pánico de un caballo no avisa con tiempo suficiente para pensar. Un sábado que salimos a un sendero del Parque Nacional El Cimatario, una bolsa de plástico salió volando entre los arbustos y Pipo dio un salto lateral que casi me deja sin silla. Mi primer impulso fue jalar las riendas con las dos manos, justo lo que un instructor me había advertido que nunca hiciera con un caballo asustado, porque solo confirma que hay algo de qué huir. Terminé gritando su nombre, que tampoco ayuda en nada, mientras intentaba recuperar el equilibrio sin caerme. Lo que de verdad calmó las cosas fue soltar peso hacia abajo y dejar que las riendas se aflojaran, aunque cada instinto mío pedía lo contrario; mi propio pánico se le contagiaba más rápido si yo insistía en controlar con fuerza en lugar de con calma.
Cargar la espalda como piedra y frenar el movimiento
Casi todos los manuales para principiantes insisten en sentarse derecha, como si trajeras una vara clavada en la espalda. Para alguien que ya carga rigidez articular de tantas horas frente a una computadora, ese consejo se convierte en trampa. Intentando sostener esa postura perfecta, terminé con la espalda tan bloqueada que Pipo dejó de moverse: no podía trotar porque yo era un bloque de cemento encima de él, y el instructor tuvo que bajarme para que soltara los hombros antes de volver a intentarlo. Lo que sirvió no fue enderezarme más, sino dejar que la pelvis absorbiera el paso del caballo, algo que me costó bastante torpeza y un par de risas ajenas antes de sentirlo de verdad. No soy fisioterapeuta ni nada parecido, así que si cargas una lesión real eso lo revisa un profesional; yo solo cuento lo que a mí me sacó del bloqueo.
El talón manda más que la punta del pie
Otro susto que me enseñó algo importante fue el del estribo. Iba con la punta del pie metida casi hasta la mitad, subiendo el talón sin darme cuenta, cuando Pipo se movió de golpe y sentí que el pie se atoraba justo cuando yo empezaba a perder el equilibrio. Nada pasó al final, pero el susto se quedó un buen rato. El instructor me explicó que el pie debe apoyarse en el estribo por su parte delantera — ni completo ni solo con la punta — empujando el talón suavemente hacia abajo, y que esa posición es justamente la que evita que el pie quede atrapado si el jinete pierde el balance. Desde entonces reviso esa posición antes de arrancar cada clase, sea en el picadero o en el sendero, porque de todos los errores que menciono aquí ese es el único que de verdad puede salir caro.
Lo que decido vigilar según dónde Monte
Con el tiempo aprendí a decidir qué vigilar según el lugar. Si algo se pone rígido dentro del picadero, reviso primero mi propia tensión, porque ahí el entorno es conocido y el problema casi siempre soy yo. Si algo se mueve raro en el sendero, la prioridad cambia: hay que leer la reacción del caballo antes de pensar en corregir mi propia postura, porque el peligro ahí casi siempre viene de afuera y no de mí. Esa distinción se la explico seguido a Alicia, una compañera de la oficina que escucha con una paciencia impresionante mis audios del sábado aunque ella jamás se subiría a un caballo por gusto; siempre pregunta detalles bastante técnicos, aunque sospecho que la mitad no los entiende y solo quiere que le siga contando. A Lucero, que se metió al mismo grupo de principiantes una semana después que yo, le tocó aprender por las malas que nadie explica de entrada qué calzado llevar: llegó a su primera clase con botas de motociclista, y todavía la recuerdo cambiándoselas sentada en un banco de madera pegado al cuarto de las monturas, riéndose de sus propias botas antes de que alguien más se atreviera. Ignorar el lenguaje corporal del caballo fue, de hecho, uno de mis errores más frecuentes al empezar, algo que sigo corrigiendo cada sábado. Entre clase y clase repaso La Mente Equina de 0 a 100 para entender mejor por qué Pipo reacciona como reacciona, aunque el trabajo real de montar y no caerme lo sigo haciendo yo, con él, sábado tras sábado.
Volver el próximo sábado, pase lo que pase
Ninguno de estos errores — la caída, el espanto, la espalda bloqueada, el talón casi atrapado — me ha quitado las ganas de volver el próximo sábado, sea al picadero o a un sendero como el de El Cimatario. Un caballo grande y voluntarioso tolera bastante torpeza si uno se toma el tiempo de prestarle atención en vez de exigirle perfección. Si buscas algo que te ayude a leer mejor esas señales entre clase y clase, este curso de La Mente Equina es lo que a mí me ha servido, aunque la práctica real de subirse y equivocarse sigue siendo insustituible.
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.