Diario del Jinete

Cómo perder el miedo a los caballos después de un susto inicial

2026.06.12
Cómo perder el miedo a los caballos después de un susto inicial

Huele a alfalfa fresca, a cuero que ha visto mejores tiempos y a ese polvo seco que solo levanta el viento de Querétaro al mediodía. Estoy aquí, parada junto a Panchito, un caballo escuela que tiene más paciencia que un santo y que, honestamente, sospecho que me juzga un poquito en silencio (mientras el gato del establo, que se cree el dueño de las pacas de heno, me observa con el mismo desdén). Si me hubieran dicho hace ocho meses, aquel atardecer de finales de noviembre, que volvería a tocar a un animal de media tonelada, me habría reído de pánico.

Todo empezó con una cabalgata de vacaciones. El sol se estaba poniendo, todo era muy romántico y de repente, una rama seca tronó. Mi caballo dio un salto lateral y yo sentí que el mundo se inclinaba. No me caí, pero ese nudo frío en el estómago se quedó a vivir conmigo. Regresé a casa con la idea fija de que los caballos eran impredecibles y peligrosos, pero también con una punzada de tristeza porque, en el fondo, no quería renunciar a esa conexión.

Antes de seguir, una cosita: por aquí vas a ver algunos enlaces de afiliado. Si decides comprar algún curso o accesorio a través de ellos, a mí me llega una pequeña comisión (que ayuda a pagar las zanahorias de Panchito) sin que a ti te cueste un centavo más. Solo recomiendo cosas que yo misma he usado o que me han ayudado en este camino de principiante. Por ejemplo, el programa que estoy siguiendo tiene una comisión del 45%, lo cual es genial para quienes compartimos estas experiencias, pero lo importante es que me salvó la cabeza cuando más miedo tenía.

Comunicación comercial (Ley 3/1991 de Competencia Desleal, art. 26): algunos enlaces de este artículo son de afiliado. Si compras a través de ellos, recibo una comisión del vendedor -- tu precio no cambia, ni hacia arriba ni hacia abajo.

El regreso a la caballeriza: cuando el miedo te paraliza los dedos

Después de ese susto, pasé semanas dándole vueltas al asunto. ¿Por qué me daba tanto miedo algo que otros hacían ver tan fácil? Me busqué una caballeriza pequeña en la periferia de la ciudad. No quería nada elegante, solo un lugar donde pudiera aprender sin presiones. Las primeras cuatro lecciones fueron... bueno, digamos que fueron un ejercicio de humildad. Me sentía torpe, fuera de lugar y, sobre todo, vieja para estar aprendiendo esto mientras mis dedos temblaban al intentar ajustar la cincha.

Primer plano de manos principiantes ajustando con cuidado la cincha de cuero de un caballo.

Hay un momento muy específico que no olvido: estaba intentando ensillar y Panchito simplemente desplazó su peso hacia un lado. No hizo nada malo, solo se acomodó. Pero mi cuerpo reaccionó como si fuera un terremoto. Me quedé paralizada. Mi instructor, un hombre que ha visto pasar a mil principiantes como yo, simplemente suspiró. En ese momento de pánico absoluto, olvidé todo lo que me habían dicho y traté de montar por el lado derecho. Sí, por el lado de 'fuera', ignorando siglos de tradición ecuestre solo porque mi cerebro estaba en modo supervivencia. Mi instructor me miró con una mezcla de lástima y diversión mientras yo intentaba trepar torpemente por donde no era.

Ese es uno de los mis errores comunes al montar a caballo como principiante adulta que más me han costado superar: el querer controlar todo a través de la fuerza o la lógica, cuando el caballo opera en una frecuencia totalmente distinta. No soy profesional ni veterinaria, así que siempre consulto con mi instructor antes de probar cualquier cosa nueva, y te recomiendo que tú hagas lo mismo si estás pasando por algo similar.

Entender la mente del caballo: la clave para soltar el aire

Me di cuenta de que mi miedo no era al caballo en sí, sino a mi propia ignorancia. No entendía por qué hacían lo que hacían. Así que, un sábado nublado hace un par de meses, decidí que necesitaba teoría. Me puse a investigar y encontré un enfoque que cambió mi perspectiva: dejar de ver al caballo como una máquina de paseo y empezar a verlo como un animal de presa.

Fue entonces cuando empecé con La Mente Equina de 0 a 100. Pasé varias semanas repasando los videos por la noche, después del trabajo, con mi libreta de contabilidad a un lado. Descubrí cosas que parecen obvias pero que nadie te explica en una clase de equitación rápida. Por ejemplo, un caballo ligero promedio pesa unos 500 kg. Es mucha masa para que se mueva por un susto. Pero lo más increíble es su campo visual: tienen casi 350 grados de visión. Básicamente ven casi todo a su alrededor excepto un pequeño punto ciego justo frente a su nariz y detrás de su cola.

Detalle del ojo de un caballo mostrando su amplio campo visual y expresión tranquila.

Entender que Panchito no 'quería' tirarme, sino que su instinto es huir de lo que no puede identificar, me dio una paz inmensa. El curso me enseñó a leer sus orejas: si están hacia adelante, está curioso; si una apunta hacia mí, me está escuchando; si están pegadas atrás... mejor me doy mi espacio. Esa base teórica fue el puente que necesitaba para dejar de sentir ese nudo en el estómago cada vez que resoplaba.

¿Por qué duele más cuando el susto es con 'tu' caballo?

Aquí entra algo que casi nadie te dice: cuando el susto ocurre con un caballo con el que ya tienes un vínculo, la recuperación es más lenta. Es como una traición emocional. Si un caballo desconocido se asusta, dices 'bueno, no lo conozco'. Pero si es el animal en el que confías, sientes que el piso se te mueve doblemente.

En mi caso, el caballo de la cabalgata de noviembre no era mío, pero yo ya le había agarrado cariño en esas pocas horas. Superar esa desconfianza específica requiere volver a lo básico: pasar tiempo a pie. No todo es montar. A veces, la lección más valiosa es simplemente quedarse quieta junto a él mientras pasta, sintiendo su calor y ese olor a campo que se te queda pegado en la ropa.

Pequeñas victorias en un sábado cualquiera

Hace poco, en una de mis lecciones de fin de semana, ocurrió algo mínimo para cualquiera, pero enorme para mí. Panchito se asustó con un plástico que voló cerca de la pista. Sentí el inicio del pánico, el corazón acelerado, pero en lugar de jalar las riendas con desesperación, me acordé de lo que había visto en el curso sobre la relajación del jinete. Respiré profundo, solté los hombros y le hablé bajito. Él se detuvo, me miró de reojo (con esos 350 grados de visión que ahora respeto tanto) y volvió a su paso tranquilo.

Momento de conexión silenciosa entre una mujer y su caballo en el pasillo del establo.

No estoy buscando ganar medallas ni ser instructora. Mi meta es esa calma compartida. El progreso para mí no es galopar a toda velocidad, sino ser capaz de cepillarlo durante casi toda la mañana sin mirar el reloj, aceptando que tanto él como yo tenemos días buenos y días de sustos.

Si estás empezando y sientes que el miedo te gana, date permiso de ser principiante. No te fuerces a subirte si te tiemblan las piernas; quédate abajo, cepilla, observa, aprende cómo piensan. A veces, la mejor forma de perder el miedo es simplemente dejar de pelear contra él y empezar a estudiar qué es lo que realmente tienes enfrente.

Si te sientes perdida con el lenguaje corporal de estos gigantes, de verdad te recomiendo echarle un ojo a La Mente Equina de 0 a 100. A mí me sirvió para entender que el respeto no viene de la fuerza, sino del conocimiento. Y si decides probarlo, recuerda que lo más importante es ir a tu ritmo, sin prisas, disfrutando del olor a alfalfa y de la compañía de esos seres que, aunque pesen 500 kg, tienen un corazón que late al ritmo de la paciencia.

Nota:
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.