
Los cascos de Panchito suenan distinto cuando pisan las piedras sueltas al borde del picadero: un golpeteo metálico y corto, nada que ver con el paso sordo que hace sobre la tierra apisonada del centro de la pista. Ese sonido, sin que nadie me lo explicara, terminó enseñándome más sobre perder el miedo a los caballos que cualquier técnica de respiración que probé antes.
Hay una idea muy repetida entre quienes empezamos la equitación de grandes: que el miedo se vence a punta de fuerza de voluntad, inhalando hondo un par de veces antes de subir y apretando los dientes hasta que el cuerpo obedezca. A mí me la vendieron así después de mi susto, y durante semanas hice justo eso, y no sirvió de nada.
Antes de seguir, un aviso rápido: en este texto hay un par de enlaces de afiliado. Si terminas comprando el curso que menciono más adelante, a mí me llega una comisión (que ayuda a pagar el alimento de Panchito) y a ti no te cuesta ni un peso extra. Solo hablo de lo que de verdad usé cuando el miedo no me dejaba ni ajustar la cincha.
El susto original pasó en una cabalgata de turistas en la Presa Juriquilla, un sábado que se suponía iba a ser solo bonito: agua quieta, cerros secos alrededor y un caballo que no era mío dando un salto lateral porque una rama tronó cerca del sendero. No me caí, pero el nudo frío que se me hizo en el estómago sí se quedó a vivir conmigo bastante tiempo.
Cuando decidí volver a intentarlo busqué una caballeriza camino a Juriquilla, ya en las afueras de Querétaro. Nada elegante, solo un lugar donde aprender sin que nadie me viera temblar.
Por qué respirar hondo antes de montar no me sirvió de nada
Las primeras clases de equitación para principiantes fueron un ejercicio de humildad. Me sentía torpe, fuera de lugar y con los dedos trabados cada vez que intentaba ajustar la cincha. Mi instructor, que ya ha visto pasar a mil principiantes como yo, me enseñó el truco clásico: tres respiraciones profundas antes de poner el pie en el estribo. Lo hice religiosamente clase tras clase. Y seguía tensa de todas formas, con los hombros pegados a las orejas y las piernas rígidas como si montara sobre una tabla.
Hay un momento que no olvido: estaba ensillando y Panchito simplemente desplazó su peso hacia un lado, sin más. Mi cuerpo reaccionó como si fuera un terremoto y me quedé paralizada. En ese pánico absoluto olvidé todo lo que me habían dicho y traté de montar por el lado derecho, el de 'fuera', ignorando siglos de costumbre ecuestre solo porque mi cerebro estaba en modo supervivencia. Mi instructor me miró con una mezcla de lástima y diversión mientras yo trepaba torpemente por donde no era.
Ese impulso de montar por donde no es uno de los errores comunes al montar a caballo como principiante adulta, y ese mismo texto habla de algo que a mí me costó entender tarde: la conexión con el caballo no se arma a la fuerza ni a punta de lógica, se construye aparte, casi en otro idioma. Esa temporada también aprendí, a las malas, que unas botas con buen agarre importan más de lo que crees cuando el pánico te hace olvidar hasta dónde poner los pies.
El miedo no se apaga, sino que se acompaña
Nadie me lo dijo así de claro cuando empecé, pero es más simple de lo que parece: el miedo a los caballos no es un interruptor que se apaga respirando bonito justo antes de subir. Se va ablandando con repeticiones chiquitas que le prueban al cuerpo que puede confiar, no con un truco mental de treinta segundos aplicado justo antes del peligro.
Tengo una amiga que toma clases de cerámica en un taller del barrio de San Francisquito los sábados, y cuando le conté esto se rió: me dijo que a ella le pasa igual con el torno, que nadie aprende a centrar el barro respirando fuerte una sola vez, sino con las manos metidas ahí semana tras semana hasta que dejan de resistirse. Con Panchito fue parecido. Dejé de exigirme sentirme valiente antes de subir y empecé a pasar tiempo a su lado sin agenda: cepillarlo, quedarme quieta mientras pastaba, dejar que resoplara cerca de mi cara sin salir corriendo.
Parte de lo que me ayudó a soltar esa tensión fue aprender a mirar hacia afuera en lugar de hacia adentro: notar si Panchito también estaba incómodo con algo, en vez de asumir que todo el nerviosismo en el picadero era mío. Ese cambio de atención, dejar de proyectar mi propio miedo en él, terminó siendo más útil que cualquier respiración contada. Un curso de psicología equina, La Mente Equina de 0 a 100, entró en mi rutina de esas noches después del trabajo; no lo menciono porque vaya a explicar aquí lo que enseña, sino porque fue la primera vez que alguien me planteó que el miedo bien entendido no es un defecto que hay que esconder.
Una tarde, en una vuelta al picadero en trote, noté algo pequeño: llevaba los hombros sin encorvar, sin habérmelo propuesto. No fue un parteaguas dramático ni un curso completo el que lo logró, fueron todas esas tardes de cepillar sin prisa las que, sumadas, aflojaron algo que la respiración sola nunca tocó.
La trampa de esperar sentirte "lista" antes de subir
Esta es la trampa en la que caí una y otra vez: pensar que primero debía dejar de sentir miedo y solo entonces merecía montar. Bajo esa lógica nunca es el momento, siempre hay una razón para seguir esperando a sentirte segura. Mi instructor me lo advirtió desde la primera clase y aun así caí: "no esperes a que se te quite, empieza aunque tiembles un poco". Tardé bastante en hacerle caso de verdad.
Lo que cambió las cosas no fue eliminar el miedo antes de subir, sino reducir lo que tenía que resolver ya arriba del caballo. Si llegaba a la clase con las riendas ajustadas en mi cabeza, el casco bien puesto y sin prisa por demostrar nada, me quedaba mucho menos miedo real por manejar durante el paso o el trote. El mismo curso que mencioné arriba, La Mente Equina de 0 a 100, me sirvió sobre todo para eso: separar el pánico genuino de la simple falta de costumbre.
Empieza por el suelo, no por el miedo
Si te reconoces en esto, si te tiemblan las piernas antes de montar y ya intentaste la respiración de manual sin resultado, prueba algo distinto: no le pidas al cuerpo que se calme de golpe justo antes de subir. Dale algo concreto que hacer primero. Cepilla, camina a su lado, ajusta el equipo con calma, quédate abajo el tiempo que necesites. El miedo baja cuando el cuerpo acumula pruebas pequeñas de que nada malo va a pasar, no cuando se lo ordenas con una técnica de respiración de último minuto.
No busco medallas ni un título de instructora. Mi meta sigue siendo esa calma compartida con un animal que pesa varias veces lo que yo peso y que, aun así, se deja cepillar casi toda la mañana sin que ninguna de las dos mire el reloj.
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.