
Cuatro vueltas trotando alrededor del picadero y sigo con los hombros pegados a las orejas; a la quinta, sin que haga nada distinto, el aire se me acomoda solo y dejo de contar. Ese salto, de la cuarta vuelta a la quinta, nada más, resume bastante bien lo que he entendido del bienestar equino desde que empecé a montar ya de adulta, con clases de equitación para principiantes los fines de semana: no depende de una técnica de respiración perfecta ni de entender de golpe la psicología equina, sino de lo que hago con las manos, arriba del caballo o en el manejo a pie, antes siquiera de subirme.
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Respirar hondo o buscarle trabajo a las manos
Paso casi siempre por el Mercado de la Cruz camino a la caballeriza, a comprar algo de fruta para el trayecto, y ahí, entre los puestos, es donde solía hacer mi ronda de respiraciones profundas, inhalar contando hasta cuatro, sostener, soltar despacio, convencida de que así llegaría con el pulso bajo control. No funcionaba. Llegaba con el mismo nudo en el pecho, y en cuanto tomaba el ramal las manos se me iban blancas otra vez, como si el ejercicio se hubiera quedado tirado entre los puestos de fruta.
Lo que no funcionó antes de subirme
Una amiga que toma clases de cerámica en un taller de San Francisquito me dijo algo que se me quedó grabado: a ella tampoco le sirve sentarse frente al torno tratando de calmarse primero, dice que el barro no perdona la indecisión y que el cuerpo se le afloja solo cuando ya tiene las manos ocupadas, no antes. Con el caballo me pasaba lo mismo, aunque tardé en verlo. El miedo del principio, ese que te hace agarrar el ramal como si el animal fuera a esfumarse, no se va porque decidas que ya basta; se va sin que lo estés mirando de frente.
Lo que la psicología equina no resuelve sola
Sé que los caballos leen el cuerpo humano con más detalle del que me gustaría admitir, y por eso conocer el comportamiento natural del caballo mejora el manejo, aunque no me ha evitado ni uno solo de los errores típicos de quien empieza de grande, como acercarme por el lado que no es o tensar la rienda de más cuando ando nerviosa. La conexión real con el caballo, si es que existe algo así, no aparece por buscarla a propósito: aparece cuando dejo de pensar en si la estoy logrando.
Ocupar las manos para acallar la cabeza
Lo que sí funciona es otra cosa. Entro al picadero al trote y el polvo fino del suelo se levanta un segundo antes de asentarse otra vez, y en ese rato en que estoy pendiente de dónde piso y de contar las zancadas de Don Paco, el pulso se me olvida solo. Fue algo parecido a lo que entendí viendo La Mente Equina de 0 a 100 por las noches: se enfoca en lo que pasa por la cabeza del caballo más que en verte bonita en la silla, aunque es puro video, el trabajo real lo haces tú, a pie de corral, con tu propio animal. Ahí aprendí también por qué cepillar a tu caballo mejora el vínculo desde el suelo: la almohaza le da a mis manos algo concreto que hacer, y a la cabeza también. La técnica para subirse bien, por dónde pararse, cómo tomar el estribo, ayuda, pero no es lo que me baja el pulso; tampoco lo hace la ropa ni las botas correctas, aunque la pisada se sienta más segura con el equipo adecuado.
Aclaro, porque este tema lo amerita: no soy instructora certificada ni veterinaria, solo alguien que le dedica los sábados a esto. Si tu caballo actúa raro o parece dolorido, pregúntale siempre a tu instructor o a un veterinario; y si la ansiedad se te sale de las manos más allá del picadero, eso se habla con un profesional de la salud, no con un blog.
Cuál elegir según el momento
Me di cuenta del cambio de la manera más tonta posible: bajándome de Don Paco al final de una clase que hasta ese momento me había parecido bastante normal, y notando que no recordaba haber contenido el aire ni una sola vez, ni al trotar ni al pasar cerca del portón que suele rechinar. Nada de eso tiene que ver con el equilibrio en la silla, que es un tema aparte con sus propios ejercicios, ni con las reglas de seguridad del picadero, por dónde circular, cuándo detenerte si alguien grita "quieto", que son otra capa completamente distinta a esto de aprender a estar en paz junto al caballo. Tampoco es que prepararme para la clase evite los nervios del todo; simplemente cambia en qué momento aparecen.
Si tengo que resumirlo para alguien que apenas empieza: la respiración consciente antes de montar me sirve como ejercicio de fondo, algo para practicar camino al mercado o en el coche, no como salvavidas de último minuto ya parada junto al caballo. Ahí lo que de verdad baja el pulso es darle a las manos algo concreto que hacer, cepillar, ajustar la cincha, contar zancadas, porque el cuerpo se afloja solo mientras la cabeza está entretenida en otra cosa. Elijo la respiración cuando tengo tiempo de sobra y estoy en cualquier lugar que no sea el picadero; elijo la tarea concreta en cuanto tengo 500 kilos de caballo al lado y ya no hay tiempo que perder.
No sé si esto le sirve a alguien más, pero si a ti también los nervios te ganan apenas te acercas al caballo, la parte de La Mente Equina de 0 a 100 que más me ha ayudado no es la que promete calma instantánea, sino la que explica por qué el animal reacciona antes de que tú te des cuenta de que estás tensa. El resto, las respiraciones, las botas, la técnica, lo sigo puliendo cada fin de semana, sin prisa.
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.