
Huele a alfalfa seca, a ese cuero viejo de la montura que ya conoce mis nervios y al calorcito dulce que desprende el cuello de Don Pepe cuando el sol de Querétaro empieza a calentar el picadero. Es un olor que me debería relajar, pero hace un par de meses, un sábado de mucho viento, todo ese aroma desapareció en un segundo. Y entonces, una bolsa de plástico azul —de esas que vuelan por todos lados cuando hay ráfagas— crujió entre los matorrales y sentí cómo medio tonelada de músculo se tensaba bajo mi silla antes de que pudiera procesarlo. Don Pepe, que suele ser el santo de la caballeriza, dio un salto lateral que me dejó el corazón en la garganta.
Como contadora, estoy acostumbrada a controlar números en una pantalla, a que el balance cuadre y a que las celdas de Excel no se muevan solas. Pero en la caballeriza, el orden se rompe cuando el instinto de presa del caballo toma el mando. Verán, nosotros vemos el mundo de frente, pero ellos tienen un campo visual del caballo de casi 350 grados (es impresionante, ven casi todo menos lo que tienen justo frente a la nariz o detrás de la cola), así que para ellos, esa bolsa no era basura, era un depredador atacando por el flanco.
El primer instinto: por qué apretar no es la solución
Mi reacción inmediata, y es el error clásico de principiante que todos cometemos, fue dejar de respirar y apretar las piernas con toda mi fuerza. Pensé que si me agarraba fuerte, no me caería. El problema es que el caballo interpretó ese apretón como una orden de correr más rápido. Es como si yo le estuviera gritando: "¡Sí, tienes razón, hay un monstruo, corre!". Sentí el sudor frío resbalando por mi espalda bajo el chaleco de seguridad mientras intentaba recordar cómo se decía 'tranquilo' sin que me temblara la voz, pero la verdad es que mi cuerpo estaba mandando señales de pánico total.
Don Pepe no es malo, es solo que pesa unos 500 kilogramos y su única defensa es la huida. Mi instructor me gritaba desde el centro del picadero que soltara las piernas, pero cuando tienes miedo, tus músculos no siempre escuchan a la razón. Es curioso cómo en la oficina puedo resolver un problema fiscal complejo con calma, pero aquí, frente a un arbusto que se mueve, se me olvida hasta cómo me llamo. A veces, incluso ahora que ya llevo unos meses en esto, todavía intento subir al caballo correctamente y termino haciéndolo del lado equivocado porque el viento me pone los nervios de punta.
Lo que aprendí ese día, después de que logramos dar tres vueltas al trote un poco descontrolado, fue que mi mayor enemigo no era la bolsa de plástico, sino mi propia rigidez. Si yo me convierto en una estatua de mármol encima de él, él siente que algo anda muy mal. Por cierto, Simón, el gato de la caballeriza, nos miraba desde una barda con una cara de aburrimiento total, como diciendo "ay, Regina, otra vez con tus dramas".
La técnica de 'no hacer nada' (o el arte de exhalar)
Aquí es donde entra el consejo que más me ha servido y que parece contradictorio: deja de intentar calmar a tu caballo activamente. Suena raro, ¿verdad? Pero fíjate que cuando empezamos a acariciarlos frenéticamente y a decirles "shhh, ya, ya" con voz aguda y nerviosa, lo único que hacemos es confirmarles que hay algo de qué preocuparse. Mi enfoque cambió a mediados de la primavera, cuando entendí que la calma no es falta de miedo, sino la capacidad de soltar el aire y bajar los talones mientras el mundo parece moverse.
En lugar de luchar contra el susto, lo que hago ahora es intentar convertirme en un saco de papas. Exhalo fuerte —tan fuerte que el caballo pueda oír el aire saliendo de mis pulmones— y obligo a mis hombros a bajar. Si yo me relajo, él siente que el "líder" de la manada (o sea, yo, aunque a veces Don Pepe lo dude) no está asustado. El olor a alfalfa seca y cuero viejo en el picadero, que de repente se volvió nítido cuando logré exhalar y el caballo se detuvo, me recordó que estaba a salvo. Es una sensación increíble cuando sientes que sus orejas, que estaban tiesas hacia atrás, vuelven a relajarse.
Ojo, que yo no soy profesional ni tengo títulos de equitación, solo soy una mujer que pasa muchas horas sentada frente a una computadora y que los sábados intenta no caerse de un animal precioso. Si sientes que tu miedo es muy grande o que el caballo es demasiado para ti, siempre, siempre consulta con tu instructor. La seguridad es lo primero, y a veces necesitamos que alguien desde abajo nos recuerde que estamos bien.
Pequeños trucos que me han funcionado
- La mirada al horizonte: Si miras al suelo (donde crees que vas a caer), el caballo siente tu peso inclinado y se desequilibra más. Yo miro a las montañas de Querétaro, bien a lo lejos.
- Hablar de cosas mundanas: A veces le cuento a Don Pepe lo que tengo que hacer de contabilidad el lunes. Mi voz baja y monótona lo arrulla más que cualquier grito de susto.
- Soltar las riendas un poquito: Si tiras de ellas con pánico, le bloqueas el movimiento y se asusta más. Darle un poco de libertad le dice que confías en él.
Entender la mente equina para no tomárselo personal
Durante mi quinta lección, me frustré mucho porque pensaba que Don Pepe se asustaba para molestarme. ¡Qué tontería! Luego leí un poco sobre el instinto de supervivencia. Los caballos no son valientes ni cobardes, son simplemente animales que han sobrevivido millones de años escapando de cosas que hacen ruidos raros. Entender que su reacción es biológica y no una falta de respeto hacia mí me ayudó a bajar la guardia.
Aprender a estar relajada es un proceso lento. De hecho, hace poco escribí algo sobre aprender a estar relajada junto al caballo durante las clases, porque me di cuenta de que si llego estresada de la oficina, el caballo lo sabe antes de que yo siquiera ponga un pie en el estribo. Ellos son como espejos: si tú traes el cierre de mes en la cabeza y los hombros en las orejas, ellos van a estar saltarines.
Incluso cuando el susto pasa, el cuerpo se queda con esa adrenalina. Yo suelo terminar con las piernas temblando un poquito, y al día siguiente me duelen músculos que ni sabía que existían. Menos mal que ya sé cómo aliviar el dolor muscular después de las clases de equitación, porque si no, los lunes en la oficina serían una tortura china caminando entre los cubículos.
La serenidad que me llevo a casa
Aprender a no luchar contra el susto, sino a acompañar el movimiento, me ha dado una serenidad que ahora me llevo de vuelta a la oficina el lunes. Si un cliente se pone difícil o un número no cuadra, inhalo, bajo los hombros y trato de no "apretar las piernas" mentalmente. Es curioso cómo un animal de 500 kilos te enseña más sobre el manejo del estrés que cualquier curso de liderazgo que haya tomado en mi vida.
Al final de la clase, cuando ya estamos de regreso en la zona de cepillado y le quito la montura a Don Pepe, siempre le doy una palmada suave en el cuello. Me gusta sentir el contraste de su piel caliente con el aire fresco de la tarde. Él ya se olvidó de la bolsa de plástico azul, y yo me quedo con la satisfacción de que, por un momento, logré ser el ancla en medio de su pequeño vendaval. No busco medallas ni trofeos; me basta con ese silencio compartido cuando ambos volvemos a respirar al mismo ritmo, sabiendo que el mundo, con todo y sus bolsas de plástico voladoras, no es tan peligroso si sabemos mantener el eje.
Si estás empezando, no te desesperes. El miedo es normal, pero recuerda que el caballo prefiere mil veces a un jinete que no hace nada a uno que intenta controlarlo todo por puro pánico. La próxima vez que sientas que se tensa, simplemente suelta el aire, mira a lo lejos y confía en que Don Pepe (o como se llame tu compañero de aventuras) también quiere que la clase termine en paz.
Comparto lo que he aprendido a través de la experiencia, pero no soy médico, abogado ni planificador financiero. Este contenido no reemplaza el asesoramiento profesional. Habla con un experto cualificado antes de tomar decisiones importantes.